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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 20

—Marta, acompaña al doctor Mateo a la salida.

Cuando Hugo por fin se levantó, Vania vio cómo Marta despedía al doctor, y se quedó parada en medio de la sala, sintiéndose incómoda y sin saber qué hacer.

Hugo caminó con paso pesado hacia las escaleras, y Vania dudó entre seguirlo o quedarse ahí plantada.

En ese momento, sentía que cualquier cosa que hiciera estaría mal.

—Es muy tarde. Hablaremos de esto mañana.

Lo dijo como si le estuviera concediendo el perdón real. Vania se quedó viendo cómo su figura desaparecía en el piso de arriba, y cuando por fin reaccionó, empezó a regañarse a sí misma.

¿Por qué le tenía tanto miedo? ¡Tampoco se la iba a comer viva!

Ambos eran humanos, y ella no había hecho nada malo.

Al contrario, el del problema era él. Se suponía que era su esposo legítimo, pero se portaba con una arrogancia insoportable, tratándola no como a su mujer, sino como a una empleada con la que tenía que lidiar por obligación.

Al acordarse de ese absurdo acuerdo prenupcial, y viendo la puerta cerrada del cuarto de Hugo, se le quitaron las ganas de pelear.

Ya se había ido a dormir, mejor no ir a buscar problemas.

No le importaba qué más decía ese mugroso contrato; seguramente eran puras estupideces.

Jamás creería que ella, en su sano juicio, firmaría un papel así.

Si hoy Hugo había traído a un doctor a medianoche para probar que fingía su amnesia, si mañana se enojaba, igual y le mandaba abrir la cabeza para comprobarlo.

Se tocó la cabeza por instinto. Le tenía bastante cariño a su cerebro intacto.

De pie frente a la puerta de Hugo, sintió una ráfaga de aire frío, se encogió de hombros y corrió a encerrarse en la habitación de al lado.

Si a él le interesaba, obviamente la conseguiría.

Esos recuerdos pasaron rápidamente por su mente, pero, curiosamente, ahora el rostro de Cristina se veía borroso en su memoria.

Y eso que, por culpa de Xavier, se veían casi todos los días.

Hugo ordenó sus pensamientos y su mirada se desvió hacia el grueso fajo de hojas sobre su cama: el acuerdo prenupcial.

Sus ojos se oscurecieron. Después de un rato, se acercó, lo tomó y lo guardó bajo llave en un cajón.

Dado el estado actual de Vania, fuera real o fingida su amnesia, enseñarle ese contrato era como pedirle peras al olmo.

El tiempo de Hugo era oro, y no iba a desperdiciarlo en personas ni en asuntos que no valían la pena.

Y mucho menos en Vania.

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