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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 31

Cuando Vania regresó a la oficina, el corazón le latía con tanta fuerza que parecía querer salírsele del pecho.

Se sentó en su escritorio, completamente confundida.

Cristina y Hugo siempre habían sido pareja. Al verlos juntos, ¿por qué le dolía el corazón como si se lo hubieran atravesado sin piedad con un cuchillo?

Pero la reacción de su cuerpo era innegable. Había huido de ahí casi por instinto, sin siquiera pensarlo.

Vania no tuvo el valor de volver a esa oficina. Su resfriado empeoró, la mucosidad y las lágrimas se mezclaron, y la cabeza le dolía horrores.

Decidió dejar el asunto de Hugo para después; podía investigarlo con calma.

Por la noche, tras recoger a Lunita y llegar a casa, Vania cayó rendida en la cama.

Estaba débil, abatida por la enfermedad, y ni siquiera probó bocado.

Hugo regresó inusualmente temprano y encontró a Lunita jugando sola en su cuarto.

La habitación de Vania estaba a oscuras.

—Marta, ¿dónde está mi esposa?

En cinco años, era la primera vez que Hugo se refería a Vania como su esposa.

Marta se quedó un poco paralizada por la sorpresa.

—La... la señora parece no sentirse bien.

No estaba del todo segura, solo sabía que Vania no había querido cenar.

Fiel a su costumbre, Marta no se había preocupado por indagar más.

—Prepárale un poco de sopa y llévasela —ordenó Hugo, frunciendo el ceño.

Durante el día la había visto bastante enérgica, era extraño que de repente se enfermara por la noche.

Mateo Quintanilla fue llamado de nuevo a la mansión de Hugo. Al ver a la mujer ardiendo en fiebre en la cama, finalmente pronunció unas palabras que, en teoría, no le correspondía decir.

—¿No podrías tratarla con un poco más de delicadeza?

Mateo fue sutil, pero Hugo no era estúpido.

—...

—El clima está muy inestable, apenas empieza la primavera y es fácil resfriarse. Le recetaré algunos medicamentos y le pondré una inyección para bajarle la fiebre.

Al terminar de hablar, Mateo le entregó un tubo de pomada.

Hugo lo miró con duda.

—Señor Yáñez, no me diga que ni siquiera sabe para qué es esto.

Para los demás, ellos parecían la verdadera y feliz familia de tres.

Cuando Hugo estaba con ella y su hijo, nunca se escondió de nadie, ni le dio explicaciones a nadie sobre su relación.

Cristina sabía que, en su momento, había apostado a lo seguro al elegir a César Yáñez.

No solo había usado a su hijo para asegurar la parte de la herencia que le correspondía al segundo joven maestro, sino que también tenía el corazón de Hugo bajo su total control.

Durante esos cinco años, siempre creyó que Hugo y Vania solo se habían acostado esa única vez, con el único propósito de engendrar a Luna para que fuera la proveedora de sangre de Xavier.

Nunca imaginó que Hugo y Vania realmente...

Y lo peor, ni siquiera habían corrido las cortinas, lo que le permitió presenciar esa escena.

Las uñas de Cristina se clavaron profundamente en sus palmas, y casi se muerde el labio inferior hasta sangrar.

Con los ojos enrojecidos, miró fijamente la ventana del piso de arriba. Un hombre y una mujer a solas en la misma habitación... lo que iba a pasar a continuación era más que evidente.

Cristina sacó su celular y marcó el número de Hugo.

El teléfono sonó durante mucho tiempo antes de ser contestado.

Cristina no apartaba la mirada de las sombras proyectadas en la ventana, sintiendo cómo la nariz y el corazón le ardían de dolor.

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