Cuando Vania regresó a la oficina, el corazón le latía con tanta fuerza que parecía querer salírsele del pecho.
Se sentó en su escritorio, completamente confundida.
Cristina y Hugo siempre habían sido pareja. Al verlos juntos, ¿por qué le dolía el corazón como si se lo hubieran atravesado sin piedad con un cuchillo?
Pero la reacción de su cuerpo era innegable. Había huido de ahí casi por instinto, sin siquiera pensarlo.
Vania no tuvo el valor de volver a esa oficina. Su resfriado empeoró, la mucosidad y las lágrimas se mezclaron, y la cabeza le dolía horrores.
Decidió dejar el asunto de Hugo para después; podía investigarlo con calma.
Por la noche, tras recoger a Lunita y llegar a casa, Vania cayó rendida en la cama.
Estaba débil, abatida por la enfermedad, y ni siquiera probó bocado.
Hugo regresó inusualmente temprano y encontró a Lunita jugando sola en su cuarto.
La habitación de Vania estaba a oscuras.
—Marta, ¿dónde está mi esposa?
En cinco años, era la primera vez que Hugo se refería a Vania como su esposa.
Marta se quedó un poco paralizada por la sorpresa.
—La... la señora parece no sentirse bien.
No estaba del todo segura, solo sabía que Vania no había querido cenar.
Fiel a su costumbre, Marta no se había preocupado por indagar más.
—Prepárale un poco de sopa y llévasela —ordenó Hugo, frunciendo el ceño.
Durante el día la había visto bastante enérgica, era extraño que de repente se enfermara por la noche.
Mateo Quintanilla fue llamado de nuevo a la mansión de Hugo. Al ver a la mujer ardiendo en fiebre en la cama, finalmente pronunció unas palabras que, en teoría, no le correspondía decir.
—¿No podrías tratarla con un poco más de delicadeza?
Mateo fue sutil, pero Hugo no era estúpido.
—...
—El clima está muy inestable, apenas empieza la primavera y es fácil resfriarse. Le recetaré algunos medicamentos y le pondré una inyección para bajarle la fiebre.
Al terminar de hablar, Mateo le entregó un tubo de pomada.
Hugo lo miró con duda.
—Señor Yáñez, no me diga que ni siquiera sabe para qué es esto.

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