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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 32

—Dime —la voz profunda y atractiva de Hugo sonó al otro lado de la línea.

—Hugo... —al escuchar su voz, Cristina sintió de inmediato una oleada de injusticia y su garganta se cerró por el llanto.

—¿Qué pasa?

Hubo unos segundos de vacilación al otro lado, lo que entristeció aún más a Cristina.

Ella creía que Hugo nunca tocaría a Vania, y no esperaba encontrarse con esa escena al ir a buscarlo.

—Acabo de soñar con César, estaba cubierto de sangre. Hugo, tengo mucho miedo —dijo Cristina, sollozando.

Sin dudarlo ni un instante, Hugo respondió:

—Voy para allá ahora mismo.

Cristina clavó la mirada en la ventana y, efectivamente, vio cómo la sombra del hombre se apartaba de la cama.

No sabía qué estaría haciendo la mujer en esa cama, tal vez seguía perdiéndose en el placer, tal vez...

Cristina guardó el celular, y en sus labios se dibujó una sonrisa de triunfo.

Hugo se preocupaba por ella.

Se subió a su auto y, con la ventanilla a medio bajar, dejó que la suave brisa nocturna le acariciara el rostro.

Aunque la noche era fresca, ella se sentía sumamente complacida.

Las palabras de su madre resonaron oportunamente en su mente. Cristina sintió que era el momento de acelerar sus planes.

***

Vania ardió en fiebre toda la noche, alternando entre escalofríos y sudores, atormentada por pesadillas.

Soñó con el día en que se casó con Hugo. Soñó cómo había ido sola, en una humillante soledad, a firmar los papeles en el registro civil.

No hubo boda, no hubo felicitaciones. Incluso en su noche de bodas, Hugo ni siquiera llegó a dormir a casa.

Hugo solo la tocó por iniciativa propia un año después de que Cristina se casara con César Yáñez.

César murió y Hugo bebió demasiado.

Esa noche, Hugo la arrastró brutalmente a la habitación principal.

Le preguntó si de verdad lo amaba tanto.

Vania prácticamente se arrodilló ante él, con el rostro bañado en lágrimas.

Hugo ni siquiera la besó; simplemente la tomó a la fuerza.

El dolor fue insoportable, y sus gritos desgarradores.

Durante toda la noche, los alaridos ahogados de Vania resonaron por toda la mansión.

Los empleados lo escucharon todo, pero ninguno se atrevió a intervenir.

Después, Hugo la trató como si fuera una muñeca de trapo inservible.

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