Vania no pudo abrir la boca para defenderse.
¿Cinco años?
Al parecer, su historia con Hugo era totalmente real.
La doctora le recetó medicamentos de uso externo y otros para regular su organismo, y le recalcó varias veces que debía descansar.
—Lo mejor es que repose durante un mes. Nada de intimidad, ¿entendido?
Vania, con el rostro enrojecido por la vergüenza, le dio las gracias. Al revisar las recetas, notó un papel extraño y lo sacó del montón.
—Doctora Lozano, vine a una consulta ginecológica. ¿Por qué me da una receta para un medicamento psiquiátrico?
La doctora Lozano la miró con exasperación.
—Es para su novio. Cuando tenga tiempo, tráigalo al hospital para una evaluación psiquiátrica. Ningún hombre en su sano juicio lastima así a su pareja, probablemente no esté bien de la cabeza —dijo la doctora, dándose un par de golpecitos en la sien.
Vania forzó una sonrisa incómoda.
Los médicos siempre tenían un ojo clínico. Qué precisión.
Al ver en su celular que se acercaba la hora de salida de Lunita, se dio cuenta de que no alcanzaría a llegar. Sin otra opción, llamó a Miguel.
—Miguel, ¿podría pedirte un enorme favor? ¿Podrías recoger hoy a Lunita?
Miró la lista de medicinas en su mano; para cuando terminara en la farmacia, ya sería de noche.
Y además, ¿cómo iba a explicar su padecimiento?
—Tengo un asunto que atender, no creo que pueda llegar a tiempo —respondió Miguel, mirando de reojo a Hugo en el asiento trasero. Parecía que cada vez que Vania lo llamaba, le ponía una prueba de vida o muerte frente a su jefe.
Pero esta vez, Hugo no se hizo el sordo.
Cerró la laptop que tenía en el regazo y le arrebató el celular a Miguel.
—Yo pasaré por Lunita.
Al escuchar la voz de Hugo, Vania sintió que el alma se le salía del cuerpo.
Después del susto, vino la confusión.
¿Por qué le tenía tanto miedo?
Hugo hizo una pausa, como si de repente se le hubiera ocurrido una idea.
—A partir de ahora, si necesitas algo, llámame directamente a mí.
Vania no tuvo tiempo ni de parpadear antes de que él colgara.
Ella torció la boca.

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