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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 33

Vania no pudo abrir la boca para defenderse.

¿Cinco años?

Al parecer, su historia con Hugo era totalmente real.

La doctora le recetó medicamentos de uso externo y otros para regular su organismo, y le recalcó varias veces que debía descansar.

—Lo mejor es que repose durante un mes. Nada de intimidad, ¿entendido?

Vania, con el rostro enrojecido por la vergüenza, le dio las gracias. Al revisar las recetas, notó un papel extraño y lo sacó del montón.

—Doctora Lozano, vine a una consulta ginecológica. ¿Por qué me da una receta para un medicamento psiquiátrico?

La doctora Lozano la miró con exasperación.

—Es para su novio. Cuando tenga tiempo, tráigalo al hospital para una evaluación psiquiátrica. Ningún hombre en su sano juicio lastima así a su pareja, probablemente no esté bien de la cabeza —dijo la doctora, dándose un par de golpecitos en la sien.

Vania forzó una sonrisa incómoda.

Los médicos siempre tenían un ojo clínico. Qué precisión.

Al ver en su celular que se acercaba la hora de salida de Lunita, se dio cuenta de que no alcanzaría a llegar. Sin otra opción, llamó a Miguel.

—Miguel, ¿podría pedirte un enorme favor? ¿Podrías recoger hoy a Lunita?

Miró la lista de medicinas en su mano; para cuando terminara en la farmacia, ya sería de noche.

Y además, ¿cómo iba a explicar su padecimiento?

—Tengo un asunto que atender, no creo que pueda llegar a tiempo —respondió Miguel, mirando de reojo a Hugo en el asiento trasero. Parecía que cada vez que Vania lo llamaba, le ponía una prueba de vida o muerte frente a su jefe.

Pero esta vez, Hugo no se hizo el sordo.

Cerró la laptop que tenía en el regazo y le arrebató el celular a Miguel.

—Yo pasaré por Lunita.

Al escuchar la voz de Hugo, Vania sintió que el alma se le salía del cuerpo.

Después del susto, vino la confusión.

¿Por qué le tenía tanto miedo?

Hugo hizo una pausa, como si de repente se le hubiera ocurrido una idea.

—A partir de ahora, si necesitas algo, llámame directamente a mí.

Vania no tuvo tiempo ni de parpadear antes de que él colgara.

Ella torció la boca.

Cuando la niña nació, el jefe estaba cenando en la mansión Yáñez con la señorita Cristina y el pequeño Xavier.

Cuando la niña cumplió su primer mes de nacida, el jefe estaba cerrando un trato de golf para el Corporativo Alba.

Cuando la niña cumplió su primer añito, Vania se armó de valor para preguntarle si podían ir juntos a tomarse una foto familiar.

Y el jefe se negó rotundamente, exigiéndole que recordara cuál era su lugar.

Ese día, fue la primera vez que vio a Vania salir llorando del estudio del jefe, frente a todos los empleados de la casa.

Verla así le encogió el corazón incluso a él, que solo era un asistente.

Y mucho menos hay que mencionar que, desde que la niña entró al preescolar, el jefe jamás había preguntado por ella.

Parecía que a Hugo le repugnaba la idea de ser visto en público con Vania o con Lunita.

Decir que mantenían su matrimonio en secreto era poco.

Los rumores decían que Hugo y Cristina eran la verdadera pareja.

Y que el matrimonio de Cristina con César había sido solo una fachada para mantener las apariencias.

A veces, incluso Miguel creía que esa era la verdad.

Desde la ventanilla, Miguel vio cómo Hugo caminaba con paso firme e imponente hacia la puerta de la escuela. Rápidamente, sacó su celular, tomó una foto y se la envió a la señora Yáñez.

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