—¡Señor Leal! —Cristina intentó intervenir, presa del pánico, pero terminó buscando la ayuda de Hugo.
Vania y Yago ya caminaban hacia la puerta.
Hugo soltó una risa fría y sin gracia. Jugó un momento con el cigarrillo que tenía en las manos antes de aplastarlo hasta hacerlo polvo.
—¿Así es como dirige Grupo Nexo? ¿Cree que jugar a los negocios es cosa de niños? —Su voz cortaba como el hielo—. Cancelar un contrato unilateralmente no es algo que se decida por capricho. Ya que trajo a su abogado, pregúntele qué pasa si lo demando.
Javier frenó en seco, frunciendo el ceño con recelo.
Atreverse a hablarle así a Yago y amenazarlo con un juicio... Hugo era el primero en atreverse a tanto. En ese círculo exclusivo, nadie en su sano juicio se atrevía a hablar de demandas contra el presidente de Grupo Nexo.
Pero Yago ni siquiera parpadeó. Se dio la vuelta y clavó su mirada en Hugo.
—¿Me estás amenazando?
—¿Cómo crees? —respondió Hugo con una sonrisa torcida, casi maligna.
—Si quieres demandarme, adelante. El trato se acabó. Cualquier cosa, háblalo con mis abogados —Yago respondió tajante, pero su tono se volvió inusualmente suave al mirar a Vania—. ¿Tú qué opinas?
Sabiendo que Hugo era el esposo legal de Vania, Yago estaba dispuesto a echarse para atrás si ella se lo pedía.
—Respeto tu decisión. Tienes toda la razón —dijo Vania con firmeza.
Ambos salieron de la oficina sin mirar atrás.
Cristina se quedó muda de la impresión.
¡Una cancelación unilateral significaba pagar una penalización equivalente a diez veces el valor del contrato! ¿Yago iba a tirar cientos de millones a la basura solo por defender a Vania?
¿De verdad ella valía tanto?
—Hugo...
Un estruendo la hizo saltar.
Hugo acababa de patear una silla, mandándola a volar, y estrelló el cenicero contra el suelo, rompiéndolo en mil pedazos.
Era la primera vez que Cristina lo veía perder el control de esa manera. Estaba aterrada.
Hugo la miró de reojo, su respiración agitada.

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