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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 355

Cristina se atragantó y terminó escupiendo el pedazo de manzana que estaba masticando.

—¿Qué pasa? —preguntó Elena, preocupada al ver su reacción.

—Hugo va a demandar a Grupo Nexo por incumplimiento. El trato se cayó por completo.

A Elena no le pareció la gran cosa y se encogió de hombros.

Luciano, viendo que Cristina seguía en shock, comentó:

—Bueno, ¿no hay una cláusula millonaria de penalización? Al final salimos ganando.

—Sí... —murmuró Cristina, levantándose a toda prisa—. Familia, provecho, los dejo, voy a mi cuarto.

Subió las escaleras corriendo, fue directo a su caja fuerte y sacó una vieja caja de madera.

Al abrirla, encontró un montón de fotografías acumuladas.

Las fue pasando una por una. En todas ellas se veía a Vania en sus peores momentos: suplicándole amor a Hugo, persiguiéndolo por la calle, arrodillada, intentando suicidarse y con cortes en las muñecas. Las fotos estaban tomadas desde ángulos que ocultaban la cara de Hugo, pero mostraban a la perfección la humillación y el patetismo de Vania rogando por un hombre.

Luego sacó una copia del acta de matrimonio de Vania. Con cuidado, borró el nombre y los datos de Hugo. Era un documento frío, sin fotos de pareja, solo con los sellos oficiales.

Con una cámara instantánea, le tomó una foto a esa versión alterada y la colocó encima de la pila. A través de una aplicación de su celular, pidió un mensajero urgente.

En cuestión de minutos, el repartidor llegó. Cristina le entregó la caja y le dio las instrucciones.

—Mamá, tengo que salir a arreglar un asunto —dijo al pasar por la sala.

Como siempre, no le dio explicaciones a nadie. Ni siquiera a su propia familia.

Se subió a la camioneta de lujo que Hugo le había regalado y manejó directo hacia la Casona Leal.

Ya había investigado discretamente a la familia de Yago. Sabía que sus padres y su abuelo, don Zacarías, aún vivían juntos en la propiedad principal.

Perfecto. Así, todos se enterarían al mismo tiempo de la clase de mujer que era Vania. Iban a ver cómo se humillaba por un hombre estando ya casada. ¿Qué pensarían de su adorada ahijada entonces?

Con la ventana a medio bajar y oculta tras unas gafas oscuras, Cristina observó desde lejos cómo el mensajero dejaba la caja en la puerta y el mayordomo de los Leal la recogía.

Satisfecha, esbozó una sonrisa triunfal, pisó el acelerador y se marchó.

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