Vania se dio cuenta de que se había dejado llevar por la emoción.
Se apresuró a pedir disculpas.
—Perdóname, mi amor, mami no quería lastimarte. Solo me sorprendió.
Qué extraño. ¿Por qué le importaba tanto?
Había investigado el historial del esposo de Cristina.
Él había fallecido en un accidente aéreo hace cuatro años, dejando a Cristina como una viuda al poco tiempo de casarse.
Si el Xavier del que hablaba Lunita de verdad era hijo de Hugo y Cristina, ¿no sería eso algo bueno para ella?
Después de todo, la idea de estar casada con Hugo le resultaba de lo más irónica.
Si hace cinco años ella estaba perdidamente enamorada de Julián Herrera, ¿cómo terminó aquí?
Pensando en su pasado, Vania de repente recordó a alguien importante.
Se dio un golpecito en la frente.
¿Cómo había podido olvidarse de Natalia Funes?
Ella había sido su mejor amiga en la universidad, una estudiante estrella en la facultad de derecho.
Si alguien conocía la verdad de lo que había pasado, definitivamente era Natalia.
Ella jamás le mentiría.
Después de darle de cenar a Lunita, ayudarla con su tarea, bañarla y acompañarla hasta que se durmió...
Vania no había olvidado su plan de contactar a Natalia.
Una vez que arropó a la niña, se encerró en su habitación y buscó el número en sus contactos.
Cuando la llamada se conectó, Vania se emocionó tanto que casi se cae de la cama.
—¡Nati! Soy Vani. ¿Tienes tiempo hoy? Deberíamos vernos para cenar y tomar algo en nuestro lugar de siempre.
Del otro lado de la línea no se escuchó ni siquiera la estática. El silencio fue tan sepulcral que Vania dudó de si había alguien escuchándola.
—¿Hola?
Estaba claro que la llamada seguía activa. ¿Por qué no le respondía?
—¿Estará fallando mi celular? ¿Nati, estás ahí?
Intentó hablarle unas cuantas veces más y, después de lo que parecieron tres largos minutos, por fin se escuchó una voz al otro lado.
—Vaya... Señorita Zapata. Pensé que te habías muerto.
—¿...?
Era la voz de Natalia, pero el tono era irreconocible.

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