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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 38

Vania se dio cuenta de que se había dejado llevar por la emoción.

Se apresuró a pedir disculpas.

—Perdóname, mi amor, mami no quería lastimarte. Solo me sorprendió.

Qué extraño. ¿Por qué le importaba tanto?

Había investigado el historial del esposo de Cristina.

Él había fallecido en un accidente aéreo hace cuatro años, dejando a Cristina como una viuda al poco tiempo de casarse.

Si el Xavier del que hablaba Lunita de verdad era hijo de Hugo y Cristina, ¿no sería eso algo bueno para ella?

Después de todo, la idea de estar casada con Hugo le resultaba de lo más irónica.

Si hace cinco años ella estaba perdidamente enamorada de Julián Herrera, ¿cómo terminó aquí?

Pensando en su pasado, Vania de repente recordó a alguien importante.

Se dio un golpecito en la frente.

¿Cómo había podido olvidarse de Natalia Funes?

Ella había sido su mejor amiga en la universidad, una estudiante estrella en la facultad de derecho.

Si alguien conocía la verdad de lo que había pasado, definitivamente era Natalia.

Ella jamás le mentiría.

Después de darle de cenar a Lunita, ayudarla con su tarea, bañarla y acompañarla hasta que se durmió...

Vania no había olvidado su plan de contactar a Natalia.

Una vez que arropó a la niña, se encerró en su habitación y buscó el número en sus contactos.

Cuando la llamada se conectó, Vania se emocionó tanto que casi se cae de la cama.

—¡Nati! Soy Vani. ¿Tienes tiempo hoy? Deberíamos vernos para cenar y tomar algo en nuestro lugar de siempre.

Del otro lado de la línea no se escuchó ni siquiera la estática. El silencio fue tan sepulcral que Vania dudó de si había alguien escuchándola.

—¿Hola?

Estaba claro que la llamada seguía activa. ¿Por qué no le respondía?

—¿Estará fallando mi celular? ¿Nati, estás ahí?

Intentó hablarle unas cuantas veces más y, después de lo que parecieron tres largos minutos, por fin se escuchó una voz al otro lado.

—Vaya... Señorita Zapata. Pensé que te habías muerto.

—¿...?

Era la voz de Natalia, pero el tono era irreconocible.

—Ese lugar lo demolieron hace años. Te mandaré la dirección de un bar nuevo. Pero dime, ¿estás segura de que aguantas una buena ronda de tragos?

Vania asintió vigorosamente.

—¡Claro que sí! Mi niña ya está dormida. ¿Podemos vernos ahorita mismo?

Al escuchar que Natalia aceptaba, Vania casi se echa a llorar de alivio.

Tenía tantas cosas atoradas en el pecho que necesitaba desahogar con su amiga.

Todas estas personas insoportables, todos los problemas que la rodeaban, este mar de emociones confusas que no lograba comprender, y por encima de todo, este maldito y desastroso matrimonio con Hugo.

Natalia le envió la dirección de un bar por mensaje.

Vania salió de puntitas de la habitación de Luna, se aseguró de que durmiera profundamente y pidió un taxi.

En menos de diez minutos, se subió a un taxi naranja, sintiéndose libre como un pájaro fuera de su jaula.

Justo en ese momento, el auto de Hugo entraba a la calle y él alcanzó a ver perfectamente cuando Vania se subía a la parte trasera del taxi.

Llevaba un vestido de lentejuelas que deslumbraría a cualquiera, una minifalda y el bolso de diseñador de miles de dólares que él le había comprado el otro día.

Ambos vehículos se cruzaron. A través de la ventanilla, Hugo observó el rostro de Vania, quien, a pesar de llevar un maquillaje impecable, no podía ocultar una inmensa sonrisa de felicidad mientras se alejaba.

Hugo miró la hora en su reloj. Eran exactamente las once de la noche.

La expresión de su rostro se tornó completamente sombría.

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