Natalia le dio un leve empujón en la frente con el dedo índice.
—¿Y qué me dices de tu hija? Ahora vienes a hacerte la desentendida. Si no fuiste tú, ¿quién fue? Los dos terminaron en la portada de todos los periódicos de chismes de la ciudad, exhibidos durante dos semanas por su escandalito. ¿Y ahora dices que no te acuerdas? Patrañas.
Natalia le dio un largo trago a su botella, ahogando cinco años de amargura. Al día siguiente del incidente, cuando Hugo se enteró de su pequeña contribución, la denunció directamente al bufete de abogados donde era pasante, logró que le suspendieran la licencia por tres años, e incluso hizo que casi no pudiera graduarse.
Hace apenas dos años que por fin logró reintegrarse al mundo del derecho, y apenas en el último semestre las cosas comenzaban a irle bien. Y justo ahora, Vania regresaba a buscarla.
Solo de escuchar la voz de esta mujer le daba una opresión en el pecho. ¿Cómo podía tener tanto descaro?
Natalia había imaginado miles de veces que si volvía a encontrarse con Vania, la estrangularía con sus propias manos por ser la mayor desgracia de su vida. Pero, al final del día, el corazón le había ganado.
—Sí, quiero divorciarme de Hugo. Y tú vas a ser mi abogada en este caso.
¡Pfff!
Natalia escupió el alcohol a un metro de distancia. La frase le cortó la borrachera de tajo.
Levantó a Vania de sus hombros y la miró con los ojos desorbitados.
—¡Amiga! No, ¡por Dios! Ya tomé contigo, ya nos vimos, no hace falta que arruines mi vida de nuevo. Nuestra amistad termina hoy. Es más, se cancela, adiós, cortamos por lo sano. En esta vida y en las siguientes, hazme el favor de no buscarme.
Natalia empezó a registrar su bolso buscando frenéticamente las llaves de su auto.
Sabía que encontrarse con Vania solo le traería desgracias. Nunca debió haber aceptado salir.
Pero Vania no tenía ninguna intención de dejarla ir.
—Por favor, Nati. Hablo muy en serio.

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