Las madrugadas en la ciudad nunca descansaban del todo, e incluso a esas horas había algo de tráfico en las zonas exclusivas.
Un sinfín de luces se entrelazaban en las calles, formando un río de estrellas brillantes y fascinantes.
Natalia solo escuchó el bufido despectivo de Rodrigo.
—Apenas te sostienes en pie y tienes tiempo para preocuparte por vidas ajenas.
Natalia se mordió el labio, ansiosa.
—Es que tú no sabes... Hugo nunca ha amado a Vani. Tengo miedo de que la lastime ahora que están a solas.
Hugo era un hombre indescifrable, exactamente igual que su tío.
Si ella no hubiera sido criada bajo el yugo de Rodrigo, jamás se habría atrevido a mirarlo a los ojos.
Una sombra de frustración y un destello de impotencia cruzaron los oscuros ojos de Rodrigo. Sin embargo, cuando la miró, había una pizca de condescendencia en su semblante.
—Si no te hubiera sacado de ese embrollo monumental, ¿crees que Hugo te habría dejado vivir? Drogarlo, engañarlo para que se casara con una mujer que no amaba... pisoteaste el orgullo de toda la familia Yáñez.
Si Natalia no estuviera bajo la protección de Rodrigo, hace mucho que estaría criando malvas.
La joven se quedó callada.
Ella solo había querido ayudar, pero el resultado fueron cinco años de miseria. Lastimar a Hugo había sido lo de menos; lo verdaderamente trágico fue destruirle la vida a Vania.
Miró hacia el río de luces a través de la ventana. Ahora que su tío la llevaba de regreso, seguramente le esperaba un buen castigo.
No podía salvar a Vania; solo le quedaba rogar que tuviera mucha suerte.
En Villa Ébano.
Hugo llevaba a una Vania completamente ebria sobre el hombro. Ella colgaba inerte, con su largo cabello oscuro cayendo como una cascada de seda negra.
Intentó bajarla del auto, pero ella se resistió.
Desde que salieron de la comisaría, el rostro de Hugo era un bloque de hielo.
Por su mente ya habían pasado mil y una formas de estrangularla.
—Ya llegamos. Bájate.

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