Que Hugo hubiera aceptado el divorcio sin armar un escándalo era un verdadero milagro.
Lo que más temía Vania era que, si se veían cara a cara, él volviera a jugar con su mente. No podía creer que finalmente fuera libre. Llena de gratitud, miró a Yago.
—Gracias por todo tu apoyo, Yago.
Yago leyó la sinceridad y el alivio en sus ojos, y no pudo evitar sonreír.
—El divorcio rara vez es motivo de celebración. Y la verdad, sabiendo lo que sé, no debería estar aceptando tus agradecimientos. Con el poder de Hugo y bajo su protección, tu carrera habría estado más que asegurada. No cualquiera tiene el privilegio de ser la esposa de un alto mando militar... y créeme, su rango es mucho más aterrador de lo que imaginas.
Si no fuera por la enfermiza relación que Hugo mantenía con Cristina, Yago jamás habría intervenido para que Vania llegara a este punto.
Pero el corazón no atiende a razones. Como alguien que la apreciaba profundamente, Yago solo quería verla feliz, no atada a un hombre que la controlaba.
—Te preocupas demasiado —respondió ella—. No me importa cuántas medallas o poder tenga Hugo Yáñez. Puedo salir adelante por mi cuenta.
Vania acarició suavemente su vientre, donde una nueva vida latía con fuerza.
En todos los recuerdos que conservaba de su tiempo con Hugo, no había ni una sola gota de felicidad verdadera.
Y eso no era un buen entorno para criar a un hijo.
—¿Qué va a pensar Lunita cuando se lo digas? —preguntó Yago.
A Vania no le preocupaba en lo absoluto. Bajo el cuidado de la familia Leal, la niña se había convertido en una pequeña alegre y llena de luz.
Además, Yago la trataba como si fuera su propia hija, llenando ese vacío paternal que Hugo nunca supo ocupar.
Aunque la niña en algún momento mencionó a Hugo y deseó tener un hogar normal, él simplemente no merecía ese título.
—Lunita te tiene a ti —dijo Vania, con una fe ciega en él.
Yago se quedó sin palabras. Un leve pinchazo de culpa le atravesó el pecho.
Se sentía un farsante. La confianza que Vania le entregaba lo llenaba de alegría, pero al mismo tiempo lo atormentaba.
En el fondo, casi se arrepentía de haberla ayudado a divorciarse, porque sabía que sus intenciones no eran puramente de amistad. Estaba perdidamente enamorado de ella y quería que se quedara a su lado para siempre.


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