Al ver que Vania no reaccionaba a la orden de Hugo, Miguel, el asistente personal del señor Yáñez, se acercó a recordárselo amablemente.
—¿Eh? —exclamó Vania totalmente perdida. Miró a Miguel y luego desvió la vista tímidamente hacia Hugo.
*¿De qué habla?*
*¿El cronograma de la reunión?*
*¡Y de dónde diablos voy a sacar eso!*
No tenía la menor idea.
De hecho, la única razón por la que había ido a trabajar era para intentar averiguar qué demonios había pasado en los últimos cinco años.
Pasó medio minuto entero y alguien en la mesa ya había empezado a toser disimuladamente por la tensión.
Vania seguía ahí, de pie, petrificada como una estatua.
Los ojos de Hugo se oscurecieron poco a poco, y sus cejas perfectamente perfiladas se fruncieron con disgusto.
—Señor Yáñez, aquí hay una copia de respaldo.
Vanessa, la jefa de la secretaría, se apresuró a entregar una carpeta y Miguel la recibió.
En ese momento, prácticamente todos los presentes estaban sudando frío.
En las reuniones de Hugo Yáñez, absolutamente nadie se atrevía a cometer un error tan estúpido.
La secretaria Vania, que solía ser siempre tan eficiente y meticulosa, parecía haber perdido la cordura el día de hoy.
Después de ese tenso incidente, Hugo no volvió a dirigirle la palabra en toda la sesión.
La reunión duró casi tres horas, tiempo que Vania pasó de pie usando tacones.
De vez en cuando, se paraba en un solo pie para aliviar el dolor que le provocaban los zapatos y evitar lastimarse los talones.
Ese pequeño movimiento no pasó desapercibido para Hugo.
Fue entonces cuando se dio cuenta de la ropa de trabajo que Vania llevaba puesta: la falda le quedaba muy por encima de las rodillas.
Y lucía unas piernas de infarto, con una piel de porcelana y una figura envidiable.
Al cambiar el peso de un pie a otro, sus movimientos revelaban sutilmente más de la cuenta, dejando a la imaginación unas vistas fascinantes.
Hugo la miró intensamente por primera vez y, en ese preciso instante, sus ojos se cruzaron.
Los enormes y hermosos ojos de Vania transmitían una mezcla de inocencia y confusión.
Como si intentara preguntarle algo en silencio.
Hugo bajó de nuevo la mirada hacia esas piernas; una piel suave y radiante que invitaba a acariciarla.
Los recuerdos ardientes de la noche anterior asaltaron su mente sin previo aviso, haciendo que una repentina ola de calor recorriera su cuerpo. Su nuez se movió de arriba a abajo al tragar saliva.
Al notar el abrupto silencio de Hugo, todos los ejecutivos contuvieron la respiración, sin atreverse a mover un solo músculo.
Después de dudarlo un segundo, se acercó y, con toda la naturalidad del mundo, se sentó.
Hugo clavó sus ojos en ella.
Ya no tenía esa actitud sumisa y temerosa que solía mostrar; al contrario, se veía bastante dueña de sí misma.
Sin una pizca de miedo, había tomado asiento frente a él como si estuviera en su propia casa.
—Con permiso, me puedo sentar, ¿verdad? La empresa es tuya, así que supongo que también me pertenece una parte, al fin y al cabo, somos esposos, ¿no?
Hugo dejó de hablar de inmediato, mientras desde el teléfono se escuchaba la voz burlona de un hombre.
—Vaya, el gran señor Yáñez tiene a una mujer en la oficina, qué milagro. ¿Acaso es mi cuñada...?
Hugo colgó la llamada de golpe.
Vania seguía sentada derecha, sosteniéndole la mirada con firmeza.
En otra época, habría estado aterrada de él.
Hugo tenía esa energía fría y distante de alguien intocable; su imponente presencia era suficiente para intimidar a cualquiera.
Y ella, lógicamente, no era la excepción.
En todo este mundo, si había alguien a quien Hugo no intimidaba, esa era la mujer a la que él amaba con locura: Cristina.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama