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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 6

Hugo miró fijamente a la audaz mujer frente a él, mientras Vania levantaba ligeramente el pie para masajearse el tobillo sin ningún pudor.

—Explícate —ordenó con voz grave, con la mirada todavía puesta en sus torneadas piernas.

Las había visto durante cinco años, ¿por qué demonios hoy le parecían tan increíblemente seductoras?

Vania dejó de masajearse el pie y lo miró.

—¿Qué cosa?

No había entendido a qué se refería.

—Ni siquiera pudiste encontrar el cronograma en la reunión. ¿No crees que me debes una explicación?

Pero si Vania había entrado precisamente con la intención de renunciar.

Qué le importaba darle explicaciones.

—No lo creo necesario. Además, ni siquiera lo recuerdo.

Hugo se enderezó en su silla, y los dedos con los que tamborileaba sobre el escritorio se detuvieron en seco.

¿Había escuchado bien?

¡Vania se atrevía a responderle!

Ella se puso de pie frente a él y se alisó la falda que se le había arrugado al sentarse.

¿A quién se le había ocurrido llenarle el clóset de ropa tan provocativa?

La falda era tan corta que con solo agacharse un poco, casi dejaba al descubierto su ropa interior.

—Ah, por cierto. Dices que soy tu esposa, ¿verdad? Bueno, he decidido renunciar. Si de todas formas tengo parte en la empresa, mejor me quedo en casa como una buena ama de casa, ¿no crees? Eso es todo, me voy.

Vania ni siquiera le dio la oportunidad de responder.

Sintió que no tenía sentido seguir discutiendo.

Renunciaría le gustara a él o no.

¿Quién en su sano juicio querría trabajar con él? Siempre con esa cara amargada, su sola presencia le daba una sensación asfixiante.

Después de renunciar, su siguiente paso lógico sería terminar de una buena vez con ese matrimonio absurdo.

No tenía idea de por qué diablos se había casado con él.

Y mucho menos de dónde había salido esa niña.

Tenía planeado llevar a Lunita a hacerse una prueba de ADN. Si resultaba ser realmente su hija, se iría de esa casa llevándosela con ella.

Tenía asuntos mucho más importantes que atender.

Tras salir de la oficina de Hugo, impulsada por la curiosidad, Vania preguntó por ahí y se dirigió a su propio espacio de trabajo.

Era una oficina de casi cien metros cuadrados, espaciosa y elegante.

Un inmenso ventanal ofrecía una vista panorámica espectacular de casi toda la ciudad.

El paisaje era increíble.

Vania se quedó boquiabierta.

Hace cinco años, entrar al Corporativo Alba era el gran sueño de cualquier estudiante de finanzas como ella.

Y ahora estaba allí, en la cima, aunque con un poco de pena porque estaba a punto de irse.

Bajó la vista hacia los documentos sobre el escritorio y empezó a revisar los cajones.

Quería encontrar alguna pista de su vida actual, cuando de pronto, el sonido de unos tacones resonó con fuerza acercándose por el pasillo.

La puerta se abrió de golpe y una voz estridente cargada de furia brotó de unos labios pintados de rojo intenso.

—Vania, ¿qué demonios te pasa hoy? Cometes un error gravísimo en frente de todos, ¿acaso ya no quieres trabajar? Si no te interesa, hay docenas de personas haciendo fila para ocupar tu puesto.

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