Durante todo ese tiempo, Vanessa había estado muerta de envidia, intentando arrebatarle esa tarea en incontables ocasiones. Pero siempre que llegaba el momento de llevarle el café al señor Yáñez, mágicamente la mandaban a hacer otra cosa o algún directivo requería su presencia.
Y siempre, absolutamente siempre, era Miguel quien le daba esas contraórdenes.
Si hubiera sido cualquier otro, lo habría ignorado. Pero tratándose del asistente personal de Hugo, no se atrevía a decir que no.
Esta era su oportunidad. Vanessa preparó con sumo cuidado la que consideraba su obra maestra cafetera y, rebosante de felicidad, se dirigió a la oficina de presidencia.
Se paró frente a la puerta y tocó con elegancia.
Al abrir, Miguel se sorprendió de verla allí.
—¿Por qué vienes tú?
Vanessa sonrió con dulzura, transformando su usual expresión arrogante en la de una mujer atenta y complaciente.
—El café para el señor Yáñez. Tomé un curso de tres meses especialmente para aprender a prepararlo, ojalá sea de su agrado.
Hugo levantó la vista del escritorio al notar que la voz no pertenecía a Vania.
El aroma del café frente a él era intenso y el ambiente se impregnó de un olor tostado.
Cualquiera con un mínimo de conocimiento sabría que estaba hecho con granos recién molidos de excelente calidad.
Pero el rostro frío de Hugo se oscureció de inmediato.
Vanessa estaba esperando ansiosa a que el hombre lo probara y la llenara de halagos, pero Hugo habló con sequedad.
—¿Y quién te pidió que perdieras tres meses de tu vida aprendiendo a hacer esto?
Vanessa se quedó helada.
¡Si Vania había usado sus vacaciones explícitamente para aprender a preparar café y ganarse su favor!
Y le había estado preparando café durante cinco años seguidos sin que nadie dijera una sola palabra. Jamás hubo rumores de que la hubieran regañado.
De hecho, las malas lenguas decían que al jefe le fascinaba el café que ella preparaba.
Fue por eso que Vanessa había desarrollado esa intensa rivalidad contra ella.
Había jurado en secreto que le arrebataría ese privilegio.
Estaba a punto de seguir relatando sus anécdotas rurales cuando Hugo lo cortó de tajo.
—Si estás tan aburrido y no tienes nada mejor que hacer con tu vida, ve a lavar esos pedazos de carbón hasta dejarlos relucientes y luego regresas a trabajar.
Miguel cerró la boca al instante. Con tanto rodeo, lo que el señor Yáñez le estaba diciendo era que dejara de meterse en lo que no le importaba.
Y todo porque notó que al jefe le había cambiado el semblante cuando supo que su esposa se había ido; solo estaba intentando darle una solución.
En todo el Corporativo Alba, Miguel era la única persona que sabía que Vania era la legítima señora Yáñez.
Y para ser honesto, durante todos esos años había visto lo profundamente enamorada que Vania estaba de Hugo. Era una mujer brillante, una verdadera lástima que el jefe simplemente no pudiera corresponderle.
Vanessa salió arrastrando los pies de la oficina, completamente humillada.
Su expresión era un poema trágico, lo que provocó que muchos empleados comenzaran a murmurar, creyendo que había cometido un error imperdonable.
Hugo miró de reojo a Miguel, que seguía de pie en la oficina, y soltó con frialdad:
—Lárgate.

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