Tras salir del Corporativo Alba, Vania decidió dirigirse directamente a la casa de la familia Zapata para visitar a su abuela.
A mitad de camino, su teléfono comenzó a sonar.
Era una llamada de su tío Pablo Zapata.
Al ver su nombre en la pantalla, se le cristalizaron los ojos.
Con todo lo que le había pasado desde el día de ayer, la frustración y la confusión la tenían al borde de las lágrimas.
Ansiaba desesperadamente hablar con un familiar en quien confiar, y su tío siempre la había tratado como a una verdadera hija, en especial tras el fallecimiento de su padre.
Contestó de inmediato.
—Vania, ¿acaso discutiste con el señor Yáñez?
Vania se quedó perpleja ante la pregunta.
*¿Discutir?*
La imagen que tenía de Hugo era la de un hombre que jamás desperdiciaba una palabra.
Entre ayer y hoy, él no le había dirigido más de cinco oraciones seguidas. A sus ojos, un hombre tan frío y calculador como él no perdería el tiempo discutiendo absolutamente con nadie en esta vida.
—Si sientes que es demasiado esfuerzo, puedes terminar con este matrimonio. Tu felicidad es lo más importante para mí. Mientras tu tío tenga un plato de comida en la mesa, te juro que ni tú ni Lunita pasarán hambre.
Las palabras de su tío la conmovieron profundamente, pero notó un tono inusualmente lúgubre en su voz.
Siempre lo había recordado como un hombre optimista y lleno de vida; jamás lo había escuchado tan abatido.
—Tío, ¿pasó algo grave?
Sintió un terrible presentimiento.
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea. Cuando Pablo Zapata finalmente habló, lo hizo con evidente dolor.
—Las empresas que iban a firmar hoy con Empresas Zapata se echaron para atrás en el último minuto, todas dijeron que lo iban a "pensar mejor"...
Y los bancos con los que íbamos a renovar los préstamos este año... vencen en una semana, y los gerentes ya llamaron para decirme que "tienen complicaciones".
Pablo no pudo continuar. Vania no era ninguna tonta; unió los hilos de inmediato.
—¿Fue Hugo... Hugo Yáñez?
No podía creerlo.

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