—Entendido, Gloria —dijo Kiara, sin darle más vueltas.
Mañana era la mayoría de edad de Eloísa.
Como hermano, Joaquín sí tenía que regresar antes para preparar cosas.
Solo que…
¿Ni siquiera se despidió?
Al final de cuentas habían estado bajo el mismo techo varios días.
Lo mínimo era avisar.
Kiara ni se dio cuenta de ese mal sabor de boca que le quedó al saber que ese “zorro” ni se despidió.
Miró a Gloria.
—Gracias por todo este tiempo. Gracias a ti y a Jorge. Ya me voy a casa.
Gloria vio que Kiara cargaba la mochila de lona. De toda la ropa que el joven amo le había comprado, no se llevó nada.
A Gloria le dio la impresión de que…
El joven amo era como esa ropa: la señorita Ibarra lo estaba dejando atrás, así nomás.
Se le salió decirlo:
—Señorita Ibarra… ¿no va a esperarlo?
Kiara miró la sala vacía y negó con la cabeza.
—No. Mi familia me está esperando.
Ya iba a irse cuando Gloria la detuvo, apurada:
—Espere, señorita Ibarra… el joven amo le preparó un regalo. Lléveselo.
Dicho eso, le acercó una caja rectangular grande, envuelta con mucho cuidado.
¿Un regalo?
¿Para qué le preparaba un regalo?
Kiara se quedó mirando la caja unos segundos antes de tomarla.
Pesaba.
Asintió.
—Dile que gracias. Ya me voy.
Gloria la acompañó hasta la puerta.

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