Pamela los vio.
Dana jaló de inmediato a Catalina y, con una voz deliberadamente alta y zalamera, soltó:
—Ay, ¿usted es la señorita Ibarra, verdad? ¡Qué bárbara, está guapísima! En cuanto llega, se vuelve el centro de atención.
—¡Pamela! —Catalina también se le pegó con una sonrisa cariñosa, intentando tomarla del brazo.
Pero apenas se acercó…
Pamela, con las cejas perfectamente delineadas, frunció apenas el entrecejo y, sobre sus tacones, se hizo a un lado para evitarla.
Catalina se quedó pasmada un segundo.
Dana se rio para “arreglar” el momento.
—Ay, qué mensa, hija. Pamela viene tan arreglada que si la rozas y le manchas algo, ¡qué pecado!
Luego, con una sonrisa servil, se dirigió a Pamela:
—Señorita Ibarra, de verdad muchas gracias por invitarnos…
Ni siquiera alcanzó a terminar.
—Disculpe, nos está bloqueando la entrada —dijo Pamela de pronto, cortándole la frase con una cortesía fría y distante.
Al ver a los Zúñiga, casi se le marcaban las uñas en los dedos de la tensión.
Gente así, sin clase…
Qué vergüenza.
¿Y todavía seguían plantados en la entrada del rancho?
¿Y encima, saludándola frente a los Ibarra?
Ni de chiste iba a dejar que los invitados importantes supieran que ella, Pamela, conocía a ese montón de nuevos ricos.
Y además… le preocupaba que su familia sospechara.
Después de frenarlos, Pamela volteó rápido hacia los Ibarra y explicó:


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