Mientras hablaba, Catalina sacó de su bolsa una invitación con relieve dorado.
—Mira. Esta invitación me la dio Pamela en persona. Y hasta me dijo que podía traer a mi familia para la fiesta de mayoría de edad de la señorita Carrasco.
Bajo el sol dorado, la invitación brillaba.
Y sí: si no fueran cercanas, ¿cómo iba la señorita Ibarra a ir a la fiesta de la señorita Carrasco y además llevar a Catalina?
Esa invitación era auténtica.
La expresión de Tristán se suavizó un poco.
Dana, molesta, le dio un manotazo en el hombro.
—Tristán, ¿qué estás diciendo? ¿Cómo va a mentir nuestra hija con algo tan importante? ¡Ya estamos aquí, en la entrada del rancho de los Carrasco! ¿Y todavía la andas dudando?
—¿Y tú por qué le gritas? Si no fuera por nuestra hija, ¿tú crees que estaríamos aquí? Yo digo que fuimos demasiado efusivos y les incomodamos a los Ibarra. ¡Esa gente es la más rica de Clarosol! ¿Tú crees que tienen tiempo para andar platicando con nosotros?
—Además, ¿no oíste? La señorita Ibarra dijo que la señorita Carrasco la estaba esperando. Seguro iba con prisa a verla.
Catalina asintió rápido.
—Sí, sí… seguro fue eso.
Dana chasqueó la lengua y le apretó la mano a Catalina, con un tono medio resentido.
—Cata, hazle caso a tu mamá. Ahorita que entremos, tú luce. Si de veras aprovechas y le bajas al señor Carrasco…
Se le dibujó una sonrisa codiciosa.
—Entonces los Ibarra van a tener que tratarnos bien, aunque sea por respeto a los Carrasco.
—¡Cállate! —Tristán la regañó—. ¿Cómo vas a decir eso aquí? Los Ibarra… son los más ricos de Clarosol. Deja de andar dando pena. Si arruinas lo de hoy, te juro que no la acabas conmigo.

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