Interrumpir así era una grosería.
Pero cuando vieron la invitación en la mano de Tristán…
Aunque por dentro lo despreciaron, por respeto a los Carrasco solo asintieron con frialdad y soltaron un “ajá” de compromiso.
Ni uno se detuvo.
Simplemente lo rodearon y entraron al rancho.
Y después…
Por más que Tristán sonriera y tratara de sacar plática…
Lo único que recibió fueron respuestas cortantes, de trámite.
Algunos hasta lo ignoraron por completo: ni le tomaron la mano que extendía, como si no existiera.
A Tristán se le fue poniendo la cara cada vez peor.
Dana iba detrás, entre enojada y desesperada, muerta de vergüenza, y no aguantó:
—Pinches clasistas… Cuando Cata se case con una familia de verdad y los Zúñiga volvamos a levantarnos, a ver quién se atreve a menospreciarnos. ¡Entonces van a venir a rogarnos!
Tristán también traía el coraje atorado, con la cara hecha piedra.
Samuel sentía que se lo tragaba la tierra; le ardía la cara de la pena.
Él, siendo de los Zúñiga… ¿cuándo había pasado una humillación así?
—Papá… ya déjalo. Esos tipos se sienten intocables. Ni de chiste van a fijarse en nosotros —dijo Samuel, irritado.
Aunque tuvieran la invitación de los Carrasco y estuvieran en una fiesta de ese nivel…
Los Zúñiga seguían siendo los Zúñiga al borde de la quiebra.
Para esas familias, ellos no eran nadie.
Era ir a hacerse pasar un coraje.
Tristán ya estaba de malas; con lo que dijo Samuel, se puso peor y lo fulminó con la mirada.
Benjamín se apresuró a intervenir:


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste