—¡Cállate! ¡Cállate!
A un lado, Víctor, quien al principio había menospreciado a Kiara, estaba rojo de ira. Señalando a Adriana con indignación, le gritó:
—¡Eres una ignorante y una estúpida! La señorita Valdez es una leyenda en el mundo de la medicina. ¿Qué vas a saber tú, idiota?
El Dr. Smith la miró como si le faltara un tornillo:
—Señorita, le sugiero que vaya a revisarse la cabeza, porque usted está mal del cerebro.
—¿La señorita Valdez provocó el ataque de don Marcos? Con sus habilidades médicas, ¿cómo va a hacer algo tan bajo?
—¡De no ser por la doctora Valdez, don Marcos ni siquiera habría salido vivo del quirófano!
—¿De dónde salió esta niña loca? Cómo se atreve a difamar a la señorita Valdez. Yo, Gabriel Herrera, pongo las manos al fuego y garantizo con el honor de la Asociación Mundial de Medicina Tradicional que las habilidades de la señorita Valdez no tienen rival en todo el mundo.
Cada uno de los expertos médicos fulminaba a Adriana con la mirada.
Los constantes reproches casi la dejaron aturdida.
¡Esto no era lo que ella había planeado!
Ella era la única heredera de la familia Quintana, ¿cómo se atrevía esa gente a insultarla de esa manera por defender a Kiara?
El rostro de Adriana se retorció de rabia.
De repente, se escuchó una risa fría a un lado.
Simón levantó su oscura mirada, dibujando una sonrisa cargada de sarcasmo, y la observó con frialdad:
—Adriana, ya que hablamos de quién le hizo daño al abuelo, qué casualidad... acaba de salir el resultado del análisis del agua del humidificador.
La expresión de Adriana se congeló, sus pupilas se dilataron y clavó la vista en Simón, tragando saliva con desesperación.
Al ver su cambio de actitud, la ironía de Simón se profundizó. Sin más preámbulos, le entregó el informe directamente a Luis Quintana.
—Los residuos en el humidificador contienen una sustancia especial que actúa como un estimulante nervioso, provocando que el ritmo cardíaco se acelere drásticamente —explicó Simón, observando cómo el rostro de Adriana perdía color por segundos.
Soltó otra risa seca y articuló cada palabra con lentitud:
—Esta sustancia no es letal para una persona sana. Pero para el abuelo, con su edad y su estado de salud... en especial siendo un paciente con un aneurisma cerebral, esto es prácticamente una sentencia de muerte.
Gabriel Herrera, inflado de orgullo, se irguió con postura firme:
—Don Marcos no estaba destinado a irse todavía. Al haberse cruzado con la señorita Valdez, seguro le esperan muchos años de buena salud.
...
El rostro de Luis era un témpano de hielo. Clavó su mirada afilada en Adriana y le exigió con frialdad:
—Adriana, dame una explicación.
La joven ya estaba presa del pánico.
Al escuchar su nombre, pegó un salto del susto.
Le temblaron tanto las piernas que, incapaz de mantenerse en pie, terminó cayendo al suelo.
Cuando se encontró con la mirada gélida de su padre, un escalofrío le recorrió la espalda. Agitando las manos con desesperación, balbuceó con voz temblorosa:
—Papá, esto no tiene nada que ver conmigo. No fui yo... ¡Fue Kiara! Ella le hizo daño al abuelo y ahora se hace la víctima para echarme la culpa a mí.

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