Punto de vista de Avery
—Gideon, tenemos que hablar —llamé a la puerta de su oficina, escuchando el barullo de papeles en el interior. Abrí la puerta lentamente y solté un suspiro de alivio al ver que el Alfa de Lobo Nocturno finalmente estaba solo.
Había estado intentando encontrar un momento para tener nuestra discusión seria durante los últimos dos días. Nuestra unión era mañana, pero cada vez que había buscado a Gideon, él estaba ayudando a las recientes sobrevivientes de las incursiones del Rey Renegado o visitando a la loba que afirmaba ser su compañera destinada.
La odiaba.
Odiaba el hecho de odiarla. Ella era una víctima que no había hecho nada malo, sin embargo, cada vez que estaba en la habitación, se me erizaba la piel y sentía el impulso de espetarle algo. Había estado intentando evitarla desde que llegó. Me hacía sentir como un monstruo. Esa joven loba había sido sometida al mismo abuso que yo cuando fui secuestrada, y ella no contó con el beneficio de que Gideon apareciera para salvarla. La manada Luna de Plata fue la que eliminó la plaga de renegados y descubrió a estas hembras secuestradas.
Parecía que había sido prisionera de los renegados durante semanas y todavía se estaba recuperando. Sabía que debía respetar eso y tener consideración, pero la verdad era que el momento era horrendo. Gideon y yo debíamos unirnos en menos de 24 horas, y ahora sentía que todo estaba en el aire una vez más.
—Adelante —gesticuló Gideon, escribiendo afanosamente algo en un libro de contabilidad.
Cerré la puerta tras de mí y me quedé allí, de pie.
—Siéntate, Avery —dijo Gideon, mirándome por fin. Su mirada era penetrante y centrada, y odié que una parte de mí soltara un suspiro de alivio al tener finalmente toda su atención.
Cada vez que su compañera estaba en la habitación, sus ojos habían estado pegados a ella. Eso me hacía sentir invisible. A pesar de haber pasado gran parte de mi vida intentando ser invisible, resultaba chocante sentir que regresaba a ello. Supongo que me había acostumbrado a esta nueva versión de mí: la nueva Luna que intentaba dar lo mejor de sí para crecer.
Ahora me parecía muy estúpido haber pensado alguna vez que sería algo más que esa hembra marginada. Había dejado que mis sueños, y mi ego, se inflaran.
—¿Están casi listos los preparativos para la ceremonia? —preguntó Gideon.
Hice una pausa, sin esperar esa pregunta.
—¿Todavía... tienes la intención de unirte conmigo? —pregunté, confundida.
—Por supuesto —dijo Gideon con el ceño fruncido—. ¿Por qué no habría de hacerlo?
—Bueno... tu compañera... —tartamudeé.


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