Dos caminos se extendían ante mí. Caí de rodillas sobre la hierba y hundí mis dedos en la tierra.
—Diosa de la Luna —recé—, si Gideon es con quien estoy destinada a estar, entonces deja que la suya sea la única marca que yo porte. Permíteme tener un borrón y cuenta nueva.
La brisa se intensificó a mi alrededor, levantando mi cabello y besando mis mejillas. El sol calentaba mi espalda y el aire olía a flores y a tierra. Este jardín secreto era un paraíso. Seguramente, un Alfa que me dio todas estas cosas no podía ser tan malo, ¿verdad?
Me levanté, sintiendo como si la Diosa me hubiera dado su bendición. Iría con Gideon y le pediría que renunciara a su antigua compañera de una vez por todas y que me tomara a mí en su lugar. Salí del jardín y cerré la puerta tras de mí. Desde lo alto de esta colina, podía ver el pueblo abajo.
Había muchos vehículos de la manada agrupados alrededor de la casa principal. Podía ver guerreros entrando y saliendo sin parar. Me apresuré a bajar, saludando al pasar a los lobos que había llegado a conocer durante el último mes. Esperaba encontrar a Gideon en su oficina, pero para mi sorpresa, una gran cantidad de lobos estaban reunidos en el vestíbulo de entrada, rodeando al Alfa. Me abrí paso hasta el frente y me deslicé al lado de Gideon.
Él me miró a modo de saludo. No creía estar imaginando la mirada de afecto en sus ojos. Parecía recordar el consuelo que le había ofrecido en su oficina después de que me hablara sobre la pérdida de sus amigos. No habíamos hablado desde entonces, pero nuestras manos se rozaron ligeramente mientras estábamos allí de pie, y hubo familiaridad en el gesto. Seguramente, si estábamos así de conectados, él no rechazaría mi petición, ¿cierto?
Pero ahora no era el momento, algo estaba sucediendo.
—¿Qué está pasando? —le pregunté en voz baja.
—Hubo un grupo de hembras rescatadas de un campamento de renegados en territorio de Luna de Plata —explicó Gideon—. Les hemos ofrecido santuario y el primero de los autos está llegando ahora.
Las puertas se abrieron y entró un grupo escoltado por Quinn, una de los tenientes de Gideon. Todas las lobas eran jóvenes y muchas se veían desaliñadas y con frío.
—Bienvenidas a Lobo Nocturno —Gideon hizo un gesto con la palma abierta—. Aquí hay mantas, ropa limpia y comida para ustedes. Por favor, entren en calor.
A su lado, asentí en señal de bienvenida, recorriendo con la mirada a las lobas, algunas de las cuales lloraban de alivio por su rescate.

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