Marcelo se sintió profundamente ofendido. ¡Si él mismo había ordenado que les sirvieran frutas y postres! Los tenían justo enfrente, ¿cómo podían quejarse de él con tanto descaro?
Sin embargo, al pensar que su adorada sobrina podría estar pasando hambre, asumió la culpa sin rechistar.
—Roxana, aquí hay más postre, por favor come un poco.
Roxana estaba a punto de explicar que no estaba comiendo fruta por hambre, pero al ver que todos estaban tan convencidos de ello, decidió dejarlo pasar.
—Está bien.
Gema se acercó feliz a ella y le susurró en tono cómplice:
—Eres tan linda y educada. La próxima vez, si la espera se alarga, puedes pedir algo de comer a escondidas. Nadie te va a regañar.
—Mhm. ¿Quieres un poco, Gema?
Por lo general, Gema era muy estricta con su dieta y evitaba los dulces a toda costa, pero si Roxana se lo ofrecía, era imposible negarse.
—¿Y dónde están Mateo y Patriciano? ¿No entraron con ustedes? —preguntó Marina al ver que su hermano y su pareja estaban allí, pero no había rastro de sus dos hijos.
—Es cierto, Bernardo. ¿No dijeron que venían juntos? —añadió Rafael, extrañado.
Gema ya estaba saboreando el postre y charlando animadamente con Roxana, así que Bernardo respondió con una sonrisa:
—Patriciano nos pidió que nos adelantáramos. Dijo que iban a buscar los regalos y no querían que arruináramos la sorpresa.
—Abuelo, abuela, mamá, papá... ya estamos aquí.
Justo en ese momento, dos voces masculinas y profundas resonaron desde la puerta.
De inmediato, dos hombres altos, imponentes y vestidos con elegantes trajes, entraron a la sala.
Roxana levantó la vista. Primero vio a Mateo, quien le guiñó un ojo, y luego se fijó en el hombre que venía a su lado.
Casualmente, a sugerencia de Mateo, él también miró hacia ella.
Sus miradas se encontraron.
Al ver claramente el rostro de la chica, Patriciano se quedó petrificado.
¡Era ella!
¡La fundadora de M&R Global!

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