Patricio, como si hubiera adivinado algo, le preguntó a su interlocutor en la llamada:
—¿Dónde estás ahora?
—¿No dijiste que si había algún cambio de planes fuera a verte en persona? Estoy a punto de llegar a tu casa.
Patricio tomó aire suavemente. Efectivamente.
Colgó el teléfono y miró hacia el balcón.
El viento nocturno sopló con fuerza, levantando las cortinas blancas y revelando la esbelta figura que estaba afuera.
Era una chica de rasgos fríos y un aura elegante.
Sus ojos seguían siendo cristalinos en la oscuridad, pero la mirada que le dirigió no tenía ni una pizca de calidez.
—Viniste...
—¡Patricio, eres como una maldita pesadilla!
Apenas intentó hablar, fue interrumpido.
Enseguida, una figura oscura saltó la baranda del balcón y se detuvo junto a ella.
Era un hombre vestido de negro, con expresión severa y una mirada gélida que clavó directamente en él.
Patricio apretó y soltó el teléfono en su mano varias veces antes de dejar escapar una risa inescrutable.
—Vaya, esta noche está resultando muy animada.
Roxana lo observó en silencio. Al notar las pronunciadas ojeras bajo sus ojos y su aspecto marchito, como el de una flor que había perdido todo su color, la ira de su mirada disminuyó un poco.
Su final estaba cerca.
—Patricio, entrégame a Dulce.
Patricio sintió una opresión en el pecho. Acomodó su postura en la cama y esbozó una media sonrisa.
—Si se perdió tu gente, deberías ir a la policía, no venir a buscarme a mí.
—¡Deja de hacerte el idiota! —bramó Darío, que acababa de subir por el balcón un segundo más tarde. Caminó furioso hacia la cama—. ¡Devuélveme a Dulce ahora mismo o te juro que nadie en esta casa saldrá vivo!
La mano de Patricio se deslizó discretamente hacia el costado de la cama.
¡Zas!
Una fina aguja de plata rozó su mano y se clavó profundamente en la madera de la mesa de noche.
Al girar la cabeza, asustado, se encontró con los ojos helados de Roxana.

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