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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 200

Marco sacudió la cabeza, presa del pánico.

—¡No, no! ¡Yo no quise faltarle al respeto! Solo quería pedirle que intercediera por mí.

León lo arrojó al suelo como si fuera una bolsa de basura, mirándolo con un profundo desprecio.

—Eres un sujeto despreciable. ¿Quién va a querer ayudarte?

Dicho esto, se quitó rápidamente la chaqueta y cubrió los hombros de Yara.

—¿Estás bien? —le preguntó en voz baja.

El pálido rostro de Yara esbozó una sonrisa forzada.

—Estoy... bien.

Marco realmente no había querido tirar de su ropa de forma intencional. Al notar que nadie le creía, le imploró a Yara desesperado que explicara las cosas por él.

—¡Reina Yara, de verdad no fue a propósito! ¡Fue porque te moviste hacia un lado que terminé rozando tu blusa! ¡Diles que no tenía malas intenciones!

—Marco, ¿estás insinuando que yo dejé que me arrancaras la ropa a propósito? —le reprochó Yara, con los ojos llenos de lágrimas a punto de derramarse.

—¡Silencio!

La paciencia de Don Abelardo se había agotado. Anunció en voz alta frente a todos:

—Marco, tú aceptaste esa apuesta bajo tu propia responsabilidad y las consecuencias son únicamente tuyas. Las pruebas de tu plagio son innegables y, lejos de mostrar arrepentimiento, has difamado a... a la señorita Roxana Soler. ¡Y por si fuera poco, manipulaste las cámaras de seguridad para colarte en la Academia de Élite! Con semejante historial, ¡la Universidad del Sur no puede tolerarte más!

Al comprender que la expulsión era definitiva, Marco sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor.

Sin molestarse en ponerse de pie, se arrastró a gatas hacia Roxana.

—¡Roxana, ayúdame! ¡Te lo ruego, por favor!

Sin embargo, antes de llegar a ella, Silvano se interpuso en su camino.

—Marco, te sugiero que te detengas. Si sigues armando un escándalo, tu expulsión será el menor de tus problemas.

Marco levantó la cabeza y sintió un momento de pánico.

Era la primera vez que se veía en la posición de mirar desde abajo a ese hijo ilegítimo, que siempre mantuvo oculto.

Una oleada de humillación le nubló la mente, sintió un sabor amargo en la garganta y, apretando los dientes, soltó todo el odio que le envenenaba el alma.

—¡Silvano! ¡Si no me hubieras tendido una trampa desde el principio, nada de esto habría pasado! ¡Y tú, Roxana, no te hagas la inocente, fuiste cómplice de este bastardo! En cuanto a usted, rector, ¡qué hipócrita suena cuando dice que la universidad no me tolera! ¡Es evidente que los encubre a ellos dos! ¡Me expulsa por su obvio favoritismo! ¡Pero escúchenme bien, yo, Marco Sarmiento, no me quedaré de brazos cruzados!

Capítulo 200 1

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