Antes de acercarse del todo, Roxana vio al joven vestido de negro, sentado en el lugar de honor.
Tenía el mismo cabello oscuro y los mismos ojos azules que recordaba.
A diferencia de la primera vez que se vieron, no llevaba su máscara.
Ese rostro excesivamente hermoso estaba completamente a la vista.
Era Patricio Solís.
—Jefe, encontramos a este sujeto merodeando por los calabozos de agua. ¿Qué quiere que hagamos con él?
Como si se estuviera quitando un peso de encima, el hombre musculoso empujó violentamente a Roxana hacia adelante.
Con las manos atadas a la espalda, por poco se cae.
Aprovechando el impulso, fingió tropezarse y se acercó un poco más a Patricio.
Patricio, al ver a esa persona vestida como un trabajador rudo, frunció el ceño asqueado.
—Aléjate de mí, si no quieres que te mate.
En la mirada de Roxana no había ni rastro de miedo, pero su voz fingía un ligero temblor.
Con la cabeza gacha, le explicó:
—Jefe, yo no fui a esa zona por gusto. Vi algo muy sospechoso y vine a contárselo.
A Patricio estaban a punto de quitarle el mando, pero ahí seguía, sentado como si nada pasara.
O bien era un despistado y no se había dado cuenta de nada.
O bien era un calculador y ya lo tenía todo planeado.
Roxana, por supuesto, se inclinaba por la segunda opción.
La expresión de Patricio cambió ligeramente, pero no creyó su historia de inmediato.
Con un tono sarcástico y lleno de ironía, le dijo:
—Vaya, parece que de verdad estoy perdiendo el respeto en este lugar. ¡Hasta un empleado de baja categoría como tú se atreve a venir a jugar conmigo!
Al escuchar esto, el hombre musculoso cayó de rodillas aterrorizado.
—¡Jefe, le juro que jamás me atrevería a hacer algo así, ni aunque me dieran mil vidas!
Patricio ni lo miró, sino que fijó su gélida mirada en el hombre que tenía enfrente.
Roxana frunció un poco el entrecejo, resistiéndose a arrodillarse.

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