Aquellos hombres se quedaron asombrados, no se esperaban que aquel individuo peleara tan bien.
Sin embargo, el musculoso al que acababa de patear, no pensaba quedarse de brazos cruzados.
Miró fijamente a aquel debilucho, aún sin tomarlo en serio.
—¿Tú, un don nadie, crees que eres digno de ver a nuestro jefe?
Los demás le dieron la razón con tono burlón.
—¡Así es! El jefe nos puso aquí precisamente para acabar contigo, no tienes derecho a verlo.
Pero no faltó quien soltara una risotada maliciosa y añadiera:
—Con esa voz tan bonita que tienes, seguro que tampoco estás nada mal de cara. Si te quitas ese disfraz y nos enseñas tu verdadero rostro, a lo mejor lo pensamos.
—¡Claro! ¡Quítate la ropa para que veamos si de verdad vales la pena!
—¡Sí, desnúdate! ¡Que se quite todo!
Los ojos de Roxana brillaron con una furia gélida.
Al instante, salió disparada hacia ellos.
¡Se movía tan rápido que algunos apenas lograron ver una mancha borrosa!
—¡Aaaah! ¡Mi cara!
—¡Maldición, mi brazo!
—¡Hija de...! ¡Mi pierna!
Los gritos de dolor llenaron el aire.
En cuestión de segundos, el suelo estaba cubierto de hombres retorciéndose.
Unos se agarraban la pierna, otros la cara, otros la mano, llorando como niños.
La única que seguía de pie era Roxana.
Tenía el pie apoyado sobre el pecho del matón musculoso. Parecía que no estaba haciendo ningún esfuerzo, ¡pero el hombre sentía tanto dolor que su cara estaba completamente deformada!
¡Aquella persona era un demonio!
Con lo delgada que estaba, ¿de dónde sacaba tanta fuerza bruta?
—Te lo pregunto una vez más, ¡llévame con tu jefe!
El musculoso asintió sin dudar.
—¡Sí, sí, te llevo! Solo quítame el pie de encima y te llevo ahora mismo.
Roxana quitó la pierna y le hizo una señal para que se adelantara.
Escondida en las sombras, Layna no daba crédito. La persona que había enviado su hermana era increíble, había derrotado a esa manada de salvajes sin siquiera sudar.

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