Hernán dudó un momento antes de hablar.
—Don Claudio, es cierto que el Gremio Lobo Sangriento y la Alianza Ígnea han hecho sus ofertas, pero aún estamos lejos de los diez millones que esperábamos.
Además, el ánimo del público ha bajado bastante. Así será más difícil que la sustancia que esparcimos en el salón surta efecto.
¿Qué le parece si le damos un pequeño empujón?
A Claudio tampoco le convencía el ritmo de las pujas. Quería que los números subieran mucho más.
—¿Qué tienes en mente?
—Subamos la Hierba Ígnea de Sangre. Eso encenderá a la multitud y nos dará tiempo para que el gas empiece a hacer lo suyo.
—¡No! —se opuso Claudio de inmediato—. Esa es mi carta de triunfo.
Ofrecerla ahora sería como un vulgar "pague uno y lleve dos".
¡Esa joya no podía desperdiciarse así!
Hernán notó su indecisión y se apresuró a explicarle:
—Don Claudio, de todas formas no tenemos intención de entregarla. No arruine nuestro gran plan por orgullo.
Esta es la única vez que tendremos a las tres grandes facciones reunidas bajo el mismo techo. Si desperdiciamos esta oportunidad, el sueño de dominar la Región de los Tres Oros se esfumará para siempre.
Claudio se quedó en silencio.
Había pasado de ser el rey de la región a ser el líder de un pequeño territorio, y ese recuerdo le ardía en las entrañas todos los días.
Había esperado mucho tiempo, trabajando en las sombras para este momento. No iba a echarlo a perder.
Y aunque la Hierba Ígnea de Sangre era mil veces más valiosa que cien frascos de medicina...
Hernán tenía razón. Era ahora o nunca.
Finalmente, tragándose el orgullo, asintió.
—De acuerdo, hazlo.
Un brillo de triunfo asomó en los ojos de Hernán.
Los protocolos de la subasta y los artículos estaban limpios.
Y, por lo general, cuando todo parecía demasiado limpio... es que estaba extremadamente sucio.
Sus ojos se posaron en el subastador, estudiando cada uno de sus movimientos.
—¡Malditos infelices! ¡Quieren jugar conmigo, eh! ¡Pues ahora mismo voy a darles una lección! —Julián golpeó la mesa y se levantó, dispuesto a pelear.
—Espera —dijo Roxana de pronto, al ver que el subastador se llevaba la mano al auricular de la oreja.
—¡Jefa, esos dos imbéciles de la Alianza Ígnea no entienden por las buenas! ¡Si no les parto la cara, no se van a detener!
—Algo está por cambiar —anunció ella con voz tranquila.
Y tal como había predicho, la voz del subastador retumbó por todo el salón.
—Mil disculpas, señores y señoras, tenemos un imprevisto. El dueño de la Hierba Ígnea de Sangre tuvo una emergencia y no podrá esperar a la segunda ronda de la subasta. Por lo tanto... ¡la venderemos junto con el medicamento, ahora mismo!
—¿Qué diablos está tramando la Secta del Loto Carmesí? —exclamó Julián, sin dar crédito a lo que oía—. ¿Cómo van a vender una hierba y un medicamento juntos? ¡Son cosas totalmente distintas!

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