Hernán dudó un momento antes de hablar.
—Don Claudio, es cierto que el Gremio Lobo Sangriento y la Alianza Ígnea han hecho sus ofertas, pero aún estamos lejos de los diez millones que esperábamos.
Además, el ánimo del público ha bajado bastante. Así será más difícil que la sustancia que esparcimos en el salón surta efecto.
¿Qué le parece si le damos un pequeño empujón?
A Claudio tampoco le convencía el ritmo de las pujas. Quería que los números subieran mucho más.
—¿Qué tienes en mente?
—Subamos la Hierba Ígnea de Sangre. Eso encenderá a la multitud y nos dará tiempo para que el gas empiece a hacer lo suyo.
—¡No! —se opuso Claudio de inmediato—. Esa es mi carta de triunfo.
Ofrecerla ahora sería como un vulgar "pague uno y lleve dos".
¡Esa joya no podía desperdiciarse así!
Hernán notó su indecisión y se apresuró a explicarle:
—Don Claudio, de todas formas no tenemos intención de entregarla. No arruine nuestro gran plan por orgullo.
Esta es la única vez que tendremos a las tres grandes facciones reunidas bajo el mismo techo. Si desperdiciamos esta oportunidad, el sueño de dominar la Región de los Tres Oros se esfumará para siempre.
Claudio se quedó en silencio.
Había pasado de ser el rey de la región a ser el líder de un pequeño territorio, y ese recuerdo le ardía en las entrañas todos los días.
Había esperado mucho tiempo, trabajando en las sombras para este momento. No iba a echarlo a perder.
Y aunque la Hierba Ígnea de Sangre era mil veces más valiosa que cien frascos de medicina...
Hernán tenía razón. Era ahora o nunca.
Finalmente, tragándose el orgullo, asintió.
—De acuerdo, hazlo.
Un brillo de triunfo asomó en los ojos de Hernán.
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