—¡«Renacimiento de la Enredadera Negra»! ¡Pero si ese es el set exclusivo que las familias reales de varios países peleaban por obtener! Es una pieza única en el mundo. Cuando Bernardo ganó la subasta, pensé que lo guardaría como un tesoro familiar. ¡No puedo creer que te lo haya regalado a ti!
Antes, Marina temía que el regalo que su hermano le había dado a Roxana no se comparara con el de Yara. Jamás imaginó que le obsequiaría una joya tan invaluable. Su hermano había sido más que justo.
Rafael también estaba sorprendido. —Así es. Tu madre también lo quería, contacté a varias casas de subastas, pero no logré ganarlo. Quién iba a decir que, después de todo, terminaría en nuestra familia.
El ego que Yara había inflado con tanto orgullo se hizo añicos en un instante.
Así que el tío Bernardo también era un hipócrita.
A ella solo le había regalado una pulsera de diamantes de unos cuantos miles.
Mientras que a Roxana le entregó una joya de colección valuada en millones, una pieza rarísima que hasta la realeza codiciaba.
¡Ja! ¡Se había rebajado a ser el payaso de la noche!
Roxana le dedicó una mirada de reojo, tan sutil como gélida.
Después de dejarse utilizar por Agustina Méndez dos veces y ser enviada a vivir sola por su hermano mayor, Yara no había aprendido absolutamente nada.
Pero más le valía no volver a provocarla, o esta vez no sería indulgente.
—Papá, mamá, me iré a duchar.
—¡Claro! Ya es tarde y tuviste un día pesado. Ve a descansar.
—Tu madre tiene razón, ve a bañarte, y si te lavas el cabello, no olvides secártelo bien antes de dormir.
Roxana asintió y se retiró a su habitación.
Una vez arreglada, recordó que no le había avisado a Valeriano que ya estaba en casa, así que le envió un mensaje rápido.
Luego, puso su teléfono en silencio y se acostó a dormir.
A la mañana siguiente.
Tras dormir nueve horas completas, se levantó sintiéndose ligera y renovada.
Al llegar al comedor, notó que sus padres ya se habían levantado y estaban desayunando.

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