Tras colgar, se comunicó de inmediato con Julián.
—Julián, prepara el avión privado. ¡Debo regresar a Puerto Esperanza en diez minutos!
Se había metido tanto en el experimento que por poco olvida ese asunto tan importante.
—¡Pero jefa, en diez minutos es imposible! Nuestro avión es demasiado reconocible. Necesitamos tramitar varios permisos antes de entrar en el espacio aéreo de Puerto Esperanza, ¡o de lo contrario nos lanzarán misiles!
Roxana se detuvo en seco.
—¿Y hay alguna otra alternativa? Necesito salir de inmediato.
Julián se quedó pensativo y luego dio un aplauso emocionado.
—¡Es cierto! Acabo de recordar que Valeriano también viaja hoy. ¿Por qué no te vas con él?
—De acuerdo —asintió Roxana—. Lo contactaré.
Se puso la mochila al hombro, se caló una gorra y salió rápidamente.
Alcanzó a Valeriano justo cuando estaba a punto de abordar. Cuando le pidió ir con ellos, él accedió sin dudar.
Diez minutos más tarde, el avión privado despegó.
Dentro de la lujosa cabina, Leandro buscó una excusa para refugiarse en la cabina del piloto durante diez minutos, dándoles así un poco de privacidad a los dos.
Sin embargo, al regresar, vio a su jefe sentado plácidamente en su asiento de cuero hecho a medida, ojeando una revista financiera.
Roxana, por su parte, estaba recostada durmiendo con la gorra tapándole la cara.
Leandro se quedó sin palabras.
«¡Vaya desperdicio de una oportunidad perfecta!», pensó.
Estaba sumido en sus pensamientos cuando Valeriano levantó una mano hacia él.
—¿Señor Sandoval? —Se acercó rápidamente.
—Sube la temperatura del aire acondicionado —ordenó Valeriano en voz baja.
—¡Enseguida! —respondió Leandro, dando la media vuelta mientras intentaba reprimir una gran sonrisa.
¡Lo sabía! ¡Él sabía que el Señor Sandoval trataba a la señorita Roxana de una forma muy especial!
Cuando Roxana despertó, ya habían llegado a Puerto Esperanza.
Revisó su teléfono y vio que Don Abelardo le había enviado su ubicación exacta, junto a un mensaje que decía que lo contactara en cuanto llegara a la entrada.
Cuanto antes terminara sus asuntos pendientes, más pronto podría dedicarse a sus propios proyectos.
...
En un hospital clasificado de Puerto Esperanza.
—Don Abelardo, ¿ya llegó la persona a la que estaba esperando? El estado de Andrés Blanco empeora a cada minuto. ¡Si su contacto no llega pronto, no tendremos más opción que probar el método de Don Gaspar!
Sabiendo que Roxana había logrado perfeccionar la cura para el M6, Don Abelardo finalmente pudo respirar con alivio.
—Tranquilos. Ya está en Puerto Esperanza. Denle media hora y estará aquí.
—¡Menos mal!
Justo en ese momento, un hombre de mediana edad y con poco cabello se acercó a paso apresurado.
—¿Cómo que tenemos que esperar media hora más? Desde que el paciente ingresó, no ha hecho más que pedirnos paciencia. Y mientras esperamos sus supuestas buenas noticias, la salud del pobre hombre no hace más que deteriorarse.
»¡Estoy seguro de que solo está ganando tiempo para que el paciente fallezca! Así se lavará las manos y no tendrá que cargar con la culpa de no haber podido curarlo.
El rostro de Don Abelardo se ensombreció de golpe.
—Gaspar Aranda, mida bien sus palabras. Puede que no estemos en Veridia, pero si se atreve a ensuciar mi reputación, ¡le juro que no me temblará la mano para darle una lección!

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