Darío había estado escuchando la conversación a un lado, y no podía evitar sentir unos celos amargos.
En toda su vida, sus padres jamás se habían preocupado tanto por él.
Justo cuando estaba inmerso en su autocompasión, vio a su hermana extenderle el teléfono. Lo agarró a toda prisa.
—Hola, papá. Todo bien por acá en Puerto Esperanza, no se preocu...
—¡No seas engreído, nadie se está preocupando por ti! Te pedí que tomaras el teléfono para preguntarte algo: la última vez que tu hermana se mató estudiando para los exámenes, apenas y tuvo la oportunidad de dormir un rato más, ¿y a ti se te ocurre ir a despertarla? ¿Esa es la actitud de un hermano mayor? ¡A la próxima que lo hagas, te juro que te rompo las piernas!
Darío se quedó mudo.
Incluso después de que se cortó la llamada, seguía en estado de shock.
¿La última vez? ¿Cuál última vez?
¿Y desde cuándo su hermana tenía la costumbre de dormir hasta tarde?
¡Un momento! ¿Cómo se enteró su padre de todo eso? ¿Y desde cuándo le importaba cuidar de los demás de esa manera?
Roxana apenas podía contener la sonrisa a su lado. Se sentía bastante bien ser la favorita de la familia.
Le dio un par de palmaditas en el hombro.
—Ánimo, Darío.
El joven heredero usó toda su soberbia para enmascarar lo herido y ofendido que se sentía. Cuando finalmente llegaron a las puertas del auditorio, todavía había varios reporteros universitarios recogiendo su equipo.
Al verlos acercarse, los periodistas tomaron sus micrófonos y corrieron hacia ellos.
—Joven Darío, ¿ha venido especialmente a apoyar a la señorita Yara?
—¿Y quién es la chica que lo acompaña?
—Sí, ¿a qué familia pertenece esta señorita?
Roxana no dijo ni una palabra, sabía que su hermano se encargaría.
Darío les clavó una mirada glacial.
—Ambos venimos a ver la competencia de Yara. Por favor, háganse a un lado.
—Pero, joven Darío, ¿nos podría decir quién es ella?
Uno de ellos, más audaz, lanzó una conjetura al aire:
—¿Acaso se trata de *otra* de sus prometidas?
Ese «otra» cargaba un veneno implícito.

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