Como el certamen musical más prestigioso y mediático del país, el auditorio de arte de la Universidad del Sur estaba a reventar.
Yara, al ver la magnitud del evento, enderezó la postura instintivamente.
¡Ese día, frente a todas esas personas, iba a demostrar que ella era la mejor de todas!
—Reina Yara, ¿no dijo el joven Darío que iba a venir hoy? ¿Por qué todavía no aparece?
—Escuché que hasta el mismísimo Maestro Ezequiel vino expresamente por ti. Eso es un honor increíble. Se entiende que tus papás no pudieran viajar desde Veridia con tan poco tiempo, pero el joven Darío ya estaba en Puerto Esperanza. ¿Cómo es posible que no haya llegado?
El rostro perfectamente maquillado de Yara se ensombreció por un instante.
¿Por qué tenían que meter el dedo en la llaga?
Le había mandado un mensaje a Darío apenas despertó, pero él todavía no le contestaba.
Soportando el aluvión de preguntas, reprimió la irritación y forzó una sonrisa dulce.
—Darío me avisó que tenía unos asuntos pendientes y que llegaría un poco tarde. Pero me prometió que vendría, y él nunca rompe sus promesas.
Al escuchar eso, todas la miraron con envidia. El rostro de Yara se relajó un poco, aunque no dejaba de lanzar miradas furtivas hacia la entrada.
***
—Roxana.
Justo cuando Roxana llegó a la planta baja de su dormitorio, vio a Darío de pie a lo lejos, luciendo increíblemente apuesto en un traje sastre.
—¿Darío?
Sintió curiosidad. Parecía que estaba esperando a alguien.
Darío se acercó, levantó la mano para alborotarle un poco el cabello y estaba a punto de hablar, cuando Roxana dio medio paso hacia atrás por puro instinto.
La sonrisa de él vaciló un instante.
Roxana se dio cuenta de que había exagerado. Simplemente no estaba acostumbrada a que se le acercaran tanto.
—Darío, yo no...
—No tienes que explicarme nada, lo entiendo. Somos familia. Tú relájate y actúa como te sientas más cómoda. Te prometo que nunca te voy a forzar a nada.
Resultaba que los padres que de verdad te querían sí le daban importancia a esas pequeñas victorias, e incluso cruzaban el país solo para venir a celebrarlo con ella.
—Fue descuido mío. No volverá a pasar.
Al escuchar cómo su hija admitía la culpa con tanta seriedad, a Marina se le encogió el corazón y se apresuró a explicarse.
—¡Mi amor, no te estoy regañando! Lo que quiero es que, a partir de ahora, cualquier noticia que tengas, sea buena o mala, me la cuentes a mí primero. ¡Solo así voy a poder estar tranquila!
—Está bien, lo haré.
Aunque Roxana no estaba acostumbrada a reportarle su vida a nadie, no le molestaba intentarlo.
—¡Ya me toca a mí! —se escuchó al otro lado de la línea. Rafael le quitó el teléfono a Marina y le habló con voz cargada de cariño—. Roxana, hija, todavía es temprano. En cuanto tu madre y yo lleguemos, también pasaremos a ver la competencia de Yara. ¿Te parece bien si te llamamos cuando estemos ahí?
—Me parece perfecto. De hecho, Darío y yo vamos de camino al recinto ahora mismo.
—Ah, excelente. Pásame a tu hermano, por favor.
Roxana le entregó el celular a Darío.

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