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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 405

Marco ya había presenciado antes cómo Roxana mandaba a la gente al hospital. Tenía una mirada tan fría, como si la vida humana no valiera nada para ella. Su miedo hacia esa joven estaba grabado en los huesos.

Al ver a todos sus matones tirados en el piso, su instinto de supervivencia lo hizo esconderse detrás de su madre.

Leonor de Sarmiento tampoco esperaba toparse con alguien tan intimidante. Recordando el incidente de la noche anterior y cómo los Soler la trataban con tanto respeto, su intuición le gritó que no debía buscar problemas con esa chica.

Sin embargo, la familia Sarmiento era de mucho prestigio en Puerto Esperanza, y su ego no iba a permitir que una simple estudiante la humillara.

Tratando de ocultar su miedo con falsa autoridad, espetó:

—Señorita Roxana, estoy resolviendo un problema interno de los Sarmiento. Como alguien ajeno a mi familia, ¿no cree que se está entrometiendo demasiado en algo que no le incumbe?

Roxana la ignoró por completo. Su mirada se posó directamente en Silvano, quien, a pesar de estar malherido, seguía protegiendo con su cuerpo a la frágil mujer.

Él jamás imaginó que ella aparecería allí. Mucho menos que se enfrentaría de frente a los Sarmiento.

Sabía que ella era el genio musical «Estrella», respaldada por el respetado Don Abelardo y un equipo de primer nivel, pero hasta el más fuerte lleva las de perder en territorio enemigo.

No quería que ella terminara arrastrada al lodo por su culpa.

—Roxana, no te preocupes por mí. Por favor, vete de aquí.

León apenas estaba sobándose el brazo que le dolía tras la golpiza, y al escuchar que Silvano intentaba desvincularla, enseñó los dientes molesto:

—¡Oye, Silvano! La Jefa vino especialmente a ayudarte. Si no fuera por ella, a ti y a tu mamá ya los habrían matado a golpes. No vayas a romperle el corazón por tu estúpido orgullo.

Silvano sintió una sacudida en el pecho. ¿Había venido especialmente a ayudarlo?

Miró a Roxana, sintiéndose abrumado por la incertidumbre. ¿De verdad sus palabras la habían decepcionado?

—R-Roxana... —intentó explicarse, pero ella lo interrumpió.

Con una mirada serena y profunda, le dijo:

—Solo te haré una pregunta: ¿de verdad quieres que me quede de brazos cruzados hoy?

Ella siempre era muy clara con las deudas y los favores. Estaba dispuesta a intervenir hoy porque recordaba la amabilidad que él le había mostrado al principio de las clases.

Pero si Silvano no quería su ayuda, respetaría su decisión.

Al notar que Silvano estaba vacilando, Marco entró en pánico por miedo a que dijera que sí. Inmediatamente lanzó una amenaza:

—¡Silvano! Ya sabes que a mi papá no le gusta que saquemos los trapos sucios. ¡Si te atreves a dejar que alguien de afuera se meta, te aseguro que no se las perdonará ni a ti ni a esta moribunda!

Leonor también soltó su veneno:

—Mi hijo tiene razón. Silvano, serás un bastardo, pero en todos estos años tu padre no los ha dejado morir de hambre.

Si tu madre todavía puede darse el lujo de estar en este hospital recibiendo los mejores tratamientos, es solo porque eres obediente.

Si dejas de sernos útil, ¡ustedes dos se largan de Puerto Esperanza! ¡Con la salud que se carga, no creo que sobreviva ni tres días en la calle!

Al ver que volvían a usar su propia vida para torturar a su hijo, el rostro demacrado de Inés se tiñó de pura desesperación.

Levantó su mano pálida y huesuda, la puso temblando sobre el brazo de su hijo y susurró:

—Silvano... no te sacrifiques por mí.

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