Aunque la familia Sarmiento tenía los productos que ellos necesitaban, la familia Mota contaba con el respaldo de M&R Global, por lo que no tenían por qué humillarse.
—¡Si se cancela, se cancela! ¡A mi familia tampoco le interesa hacer negocios con ustedes!
—¿De verdad? A ti no te interesa, ¿pero a ti tampoco, Alcira? —preguntó Leonor con absoluta certeza.
El rostro de Alcira palideció. Por supuesto que le importaba.
Con la familia Maldonado en plena crisis, la madre de Cristián ya la detestaba. Si no lograba aportar beneficios a la familia Mota, jamás le permitirían casarse con él.
E incluso si lo lograba, la tratarían como a un cero a la izquierda.
¡Ella era una señorita de la alta sociedad, no podía permitir que la trataran como a una sirvienta!
Cristián no era tonto y notó de inmediato la mirada cargada de odio de Leonor hacia Alcira. Supo que algo andaba mal.
Bajó la voz y le preguntó rápidamente:
—¿Hiciste algo a mis espaldas? Dímelo ahora mismo, o no podré ayudarte.
Alcira negó con la cabeza, desesperada.
—No, Cristián, te lo juro.
Al ver su expresión de falsa inocencia, Leonor soltó una carcajada cargada de sarcasmo.
—¿Acaso no usaste la información que te di para mandar a alguien contra Roxana Soler?
Y ahora que Roxana está ilesa, me vendiste. Por tu culpa, mi familia casi queda arruinada. ¿Crees que con decir que no fuiste tú se arregla todo?
¡Pequeña víbora, si no te doy tu merecido hoy, no me quedaré tranquila!
Dicho esto, ordenó a sus hombres que actuaran.
Los guardaespaldas arrastraron a Alcira por la fuerza. Ella sentía pánico.
—Señora Sarmiento, por favor...
¡Zas!
Leonor no quiso escuchar más excusas y le cruzó la cara de una bofetada.
Sus uñas recién arregladas rasgaron sin piedad la piel suave y hermosa de la chica.
Había visto a demasiadas mujeres como Alcira, sin cerebro y creyendo que con su cara bonita podían conseguirlo todo.
Por eso decidió golpear donde más le dolía.
Nadie se atrevió a detenerla.
Cristián se sentía profundamente humillado tras haber sido el hazmerreír de todos.
Sin importarle Alcira, que estaba pálida del terror, tomó su chaqueta dispuesto a irse.
Alcira se arrastró por el suelo y se aferró a sus piernas, suplicando entre lágrimas:
—¡Cristián, ayúdame, por favor! ¡Llévame al hospital rápido, o mi cara quedará arruinada para siempre! ¡Te lo ruego!
Cristián apretó los dientes, pero al final terminó llevándosela.
Desde el segundo piso, Roxana y Darío Soler habían presenciado todo el espectáculo.
Lejos de sentir lástima por Alcira, Darío sonrió con ironía y halagó la brutalidad del ataque.
—Esa mujer es un arma de doble filo. ¡Destruyó la fachada de Alcira en un segundo! Roxana, tu jugada fue magistral.
Roxana curvó ligeramente los labios. Había sido una sorpresa muy agradable.
—Ya es tarde, Darío. Debemos regresar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA