Roxana lo miró con sorpresa.
—¿Por qué traes un estuche de acupuntura en el auto?
—Le pedí a un gran maestro que lo hiciera especialmente para ti. Pensaba dártelo más tarde, pero parece que será muy útil ahora mismo —explicó Valeriano antes de enviarle un mensaje a Leandro.
Roxana asintió, comprendiendo la situación, y su mirada se suavizó por completo.
La calidez que las acciones de Valeriano siempre le provocaban se extendió desde su pecho hasta sus extremidades, brindándole una inmensa sensación de seguridad.
Darío, sin perder un segundo, entró al baño y tomó en brazos a la inconsciente Dulce con extremo cuidado.
—Despejé todo este piso para asegurarme de que nadie molestara a Dulce. ¡La llevaré a la habitación de al lado! —dijo apresuradamente.
Roxana asintió de acuerdo.
Poco después, Leandro apareció con el estuche de acupuntura. Pero no venía solo con las agujas; también traía un hermoso vestido nuevo para ella.
—Señorita Roxana, este es el vestido que el Señor Valeriano mandó a pedir hoy para usted. Es su talla exacta. Por favor, cámbiese para evitar que se resfríe —dijo el asistente con respeto.
Roxana tomó la prenda y le dedicó una sonrisa a Valeriano.
—Gracias.
—No tienes nada que agradecer. Ve a cambiarte rápido —respondió él con suavidad.
Mientras Roxana iba a ponerse el vestido, Valeriano bajó la mirada hacia sus propias piernas. Su expresión se endureció antes de darle una orden a Leandro.
—Dile a mi equipo de rehabilitación que ajuste el plan. Necesito poder moverme con total libertad en quince días. ¡Y si no son capaces de lograrlo, despídelos y busca a alguien más!
Leandro se quedó boquiabierto, sin poder ocultar su preocupación.
—Señor Valeriano, los especialistas dijeron que necesitaría al menos un mes para caminar con normalidad. Exigir que pueda correr en solo quince días... ¿no es forzar demasiado su cuerpo? Podría ser peligroso.
Tras retirar las agujas, el hermoso rostro de Roxana adoptó una expresión de pura frialdad.
—Sí, fue envenenada. Pero no con 'Quiebraalmas'. Es una neurotoxina conocida como D3. Por lo que veo, Dulce lleva al menos un año con esto en su sistema. Seguramente intentó tratarse a sí misma, pero falló, lo que causó que la toxina mutara en su cuerpo. Esa mutación no solo aceleró sus reflejos físicos a niveles extremos, sino que también comenzó a adueñarse de su cerebro.
Darío por fin lo entendió. Ahora cobraba sentido que Dulce, quien jamás había entrenado combate, poseyera una velocidad que ni siquiera él pudo prever.
Pero esto no era ninguna ventaja.
—La Neurotoxina D3 es una sustancia estrictamente prohibida en muchísimos países —dijo Darío aterrado—. ¿Cómo diablos terminó con algo tan letal en su organismo?
—Lo más probable es que la hayan inyectado en el Hospital Edson, en Estados Unidos, cuando llevó a su madre a recibir tratamiento. Sospecho que esa organización la marcó como objetivo. Como Dulce se negó a someterse a sus órdenes, intentaron doblegarla con esta droga, pero ella logró escapar de todos modos.
Al escuchar el nombre de la institución médica, el ceño de Valeriano se frunció profundamente.
—Justo antes del accidente que casi me cuesta la vida, estaba tratando de agendar una reunión con el director de ese hospital. Queríamos expandir nuestros negocios internacionales e hicimos contactos con ellos para abrirnos paso, pero la reunión nunca se concretó.

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