—Roxana.
Caleb Valente, que temía que Roxana llegara tarde, suspiró aliviado al verla entrar.
Sin embargo, no tardó en notar al extraño que la seguía como una sombra.
—¿Quién es él?
Al sentirse señalado, el chico, que antes miraba a Roxana esperando decirle algo, se encogió como un conejo asustado y se escondió detrás de ella.
Esta escena hizo que la expresión de Caleb cambiara.
Roxana llevaba mucho tiempo en la Universidad del Sur y nunca se le había visto cerca de ningún hombre. Él creía que simplemente no le interesaba el romance. ¿Acaso le gustaban de este tipo?
—No lo conozco —respondió Roxana, tajante, para evitar malentendidos.
El chico se asomó tímidamente por detrás de su hombro y, con voz suave y lenta, se presentó:
—Hola, soy... Patricio Solís.
Dicho esto, se volvió a esconder.
Su lógica era: ya dije mi nombre, así que ya nos conocemos.
Roxana estaba atónita.
¿Solís?
¿Tendrá alguna relación con Patricia Solís?
Caleb abrió los ojos de par en par. ¿Patricio Solís?
¡Era miembro de la familia Solís!
Al notar su extraña reacción, Roxana preguntó en tono neutro:
—¿Lo conoces?
Caleb estaba a punto de responder cuando un murmullo se elevó cerca de ellos.
Una figura elegante caminaba hacia el estrado.
La mujer era joven, de unos veinticinco o veintiséis años.
Pero sus facciones eran hermosas y penetrantes, desprendiendo un aura dominante. Su vestido rojo brillante la hacía lucir como una reina.
Sin embargo, las miradas que le dirigían estaban cargadas de desprecio.
—¿No es esa la señorita Solís? Desde que el grupo Solís se fue a la quiebra y sus padres murieron, se ha colgado de ricos y poderosos aprovechándose de la reputación de su familia, todo para mantener su vida de lujos.
—Sí, qué suerte tiene. Logró atrapar a un millonario enfermo que le dejó una fortuna. Pero es una descarada; su marido lleva apenas un mes muerto y ya sale de fiesta vestida de rojo intenso. ¿Estará buscando a su próxima víctima?

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