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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 816

Bernardo le dio un vistazo indiferente a la herida de Sandra y luego miró la postura serena de Roxana; de inmediato, dedujo lo que había ocurrido.

Roxana jamás iniciaría un problema sin motivo. Quienes habían provocado la situación eran, sin duda alguna, Sandra y Annette.

—Annette, cuéntanos exactamente qué fue lo que pasó.

Bajo la mirada gélida de Bernardo, Annette sintió que el corazón se le salía por la garganta.

Miró a Sandra, quien le hacía señas con los ojos para que mintiera, y luego al elegante y poderoso Bernardo. Estaba a punto de abrir la boca cuando otra voz intervino.

Una voz profunda, varonil y magnética.

—Yo también estoy muy interesado en escuchar esa historia.

Annette giró la cabeza y vio a un hombre joven, de porte aristocrático y mirada altiva, salir de entre la multitud.

Le bastó un solo vistazo para quedar completamente hechizada.

Como hija de la Familia Solórzano, estaba acostumbrada a rodearse de herederos millonarios, pero ninguno de ellos le llegaba a los talones a este hombre.

—Annette, dile a todos lo que viste —la instó Nader al notar que su hija se había quedado muda.

Annette asintió y, asumiendo su papel de dama de la alta sociedad, pronunció cada palabra con claridad fingida:

—Señor Montes, ella nos estaba atacando a Sandra y a mí. Hace un momento, vi con mis propios ojos cómo empujó a Sandra. ¡Su comportamiento fue un acto de violencia imperdonable! No debe encubrirla, o nadie en nuestro círculo se atreverá a estar cerca de ella.

Sandra aprovechó la oportunidad para empezar a lloriquear.

—¡Señor Montes, nunca en toda mi vida me habían tratado con tanta brutalidad! ¡Me duele muchísimo! ¡Me niego a dejar pasar esta humillación!

Al escuchar el drama, Roxana enarcó una ceja. ¿Quería que la ayudara a calmar su dolor... para siempre?

Sandra notó la intención asesina en los ojos de Roxana y se encogió, incapaz de sostenerle la mirada.

Bernardo no pasó por alto ese pequeño detalle. Su aura se volvió helada, tan fría y pesada como el hielo milenario, provocando escalofríos en todos los presentes.

—Señor Montes, mi hija está sangrando. No podemos perder más tiempo, debo llevarla al hospital.

—Es solo un rasguño superficial. Se ve aparatoso, pero con un poco de desinfectante y una venda tendrá más que suficiente —comentó Roxana con tono aburrido.

—¡Cállate! ¡Nadie aquí va a creer tus mentiras! ¡Si no hubieras atacado a Sandra por pura envidia, ella no estaría herida!

Annette replicó con un tono de indignación moral que rayaba en lo ridículo.

La mirada de Roxana se volvió aún más fría. Qué ganas de quedar en ridículo frente a todos; ¿de verdad creían que las cámaras estaban de adorno?

—Qué casualidad... Yo tampoco creo que mi prometida lastime a nadie a propósito.

Valeriano dio un paso al frente, puso una mano protectora sobre el hombro de Roxana y la atrajo hacia su pecho. Luego, dirigió su mirada penetrante hacia Joseph y Nader.

—Hace un momento se preguntaban cómo logré recuperarme tan rápido, ¿no es así? Pues todo fue gracias a los cuidados de mi prometida. Si no fuera por ella, probablemente seguiría en coma.

Al escuchar esas palabras, ¡los rostros de Joseph y Nader perdieron todo el color!

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