Nos quedamos en el sofá. No juntos. Pero cerca.
Él se quedó dormido con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como si hubiera estado escuchando hasta el último segundo. Yo me quedé despierta un poco más, observando cómo el silencio ya no me pesaba.
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando me levanté y apagué la vela.
Le puse una manta encima, sin tocarlo apenas. Después me fui al dormitorio. No cerré la puerta.
Esa noche no soñé. O quizá sí, pero no lo recuerdo. Y eso también fue un alivio.
Por la mañana, la luz entraba sin esfuerzo por las rendijas de la persiana. No era una luz agresiva. Era de esas que invitan a despertar con calma.
Fui a la cocina. Él no estaba. Solo un cuenco con café frío en la encimera y otra nota.
Más breve. Más simple.
Günter Ryker: Tuve que irme al trabajo y no quise despertarte. Olvida, no quiero volver a ser el motivo de tu duda. Si me quieres en tu vida, llámame.
La leí varias veces. No supe si era cobardía o respeto. Quizá un poco de ambos.
La dejé junto a las rosas. Algunas ya empezaban a marchitarse.
Ese día no salí. Me puse música. Limpié la estantería de mis libros con lentitud, como si necesitara ordenar fuera lo que dentro aún no entendía.
No pensé en él constantemente. Pero estaba ahí, como una melodía que ya no sabes si odias o recuerdas con cariño.
Por la tarde, Lucía volvió a llamar.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo... en proceso —respondí.
—¿Y eso qué significa?
—Que no huyo. Que lo estoy mirando de frente. Lo que hubo. Lo que hay. Lo que quiero.
Lucía se quedó en silencio un momento. Luego dijo:
—Esa es la versión de ti que más me gusta.
Colgué con una sonrisa suave. Como si me hubiera dado permiso para no tenerlo todo resuelto.
Esa noche salí a pasear. El aire estaba fresco, casi frío. Me abotoné el abrigo y metí las manos en los bolsillos. No fui a ninguna parte concreta. Solo caminé, como si el suelo pudiera aclarar lo que la cabeza aún no entendía.
Volví a casa con los pies cansados y el alma... no en paz, pero en tregua.
Me preparé una infusión. Puse música. Otra canción suave. Parecida a la de ayer.
Abrí el libro de poesía de nuevo.
Esta vez leí:
“El amor no siempre se queda. Pero a veces, vuelve distinto.
Y hay que aprender a reconocerlo sin miedo.”
Cerré el libro. Apagué la radio.
No llamé a Günter.
Tampoco lo descarté.
No todo requiere una respuesta inmediata. A veces, quedarse con uno mismo es la única forma de saber si alguien más puede volver a tener sitio.
Y esa noche, dormí en mi cama. Sola. Pero no vacía.
Me despertó la claridad suave de la mañana filtrándose por las cortinas. No sabía qué hora era, pero el silencio tenía ese tono espeso y amable que solo existe cuando el mundo aún no ha empezado del todo.
Tardé unos segundos en darme cuenta de que no estaba sola.
Günter dormía a mi lado.
Mi primer pensamiento fue que la caminata de anoche había sido tan larga y el cansancio tan hondo, que debí quedarme dormida profundamente… tanto que ni siquiera escuché cuando volvió.
Estaba ahí, tendido sobre su lado, el rostro sereno y el cuerpo recogido como si quisiera ocupar el menor espacio posible. Como si pidiera permiso incluso en sueños.
No me moví. Me limité a observarlo.
Tenía las pestañas largas, de esas que cualquier mujer soñaría con tener. Espesas, arqueadas, perfectas. Se curvaban hacia sus pómulos con una naturalidad que rozaba la belleza injusta.
Sus cejas eran espesas, sí, pero armónicas, con esa forma recta que le daba carácter incluso dormido.
Y el cabello... tan liso, tan negro, cayéndole sobre la frente como un flequillo suave. Parecía más joven así. Casi inocente.
Sus labios eran lo que más me llamaba la atención. Siempre habían sido así, incluso cuando todo entre nosotros se volvió oscuro. Rojos. Tan rojos que parecía que acababa de beber vino… o sangre. Labios definidos, simétricos. Hermosos.
Hubo un tiempo en el que adoraba mirarlo dormir. Porque en esos momentos no hablaba, no hería, no desaparecía. Solo estaba. Como ahora.
Sentí algo moverse dentro de mí. No era dolor. Tampoco ilusión. Era una ternura limpia, suave, sin exigencias.

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