Entrar Via

La esposa invisible romance Capítulo 9

Dormí poco.

No porque no pudiera. Sino porque mi cuerpo aún no había entendido que el peligro ya no estaba.

La costumbre es un enemigo silencioso. Te hace dudar incluso cuando has elegido con firmeza. Me desperté antes de que sonara el despertador. Me quedé mirando el techo, escuchando los ruidos pequeños de la casa. Un grifo que goteaba, una persiana que se movía con el viento, el crujido leve de la madera bajo los pasos de nadie.

No sabía si Günter seguía allí. No salí a comprobarlo.

Desayuné lentamente. Tostadas, otra vez. Pero con mermelada de higos esta vez. Me las preparé como si esperara a alguien. Con el mismo cuidado que uno pone cuando aún hay ilusión. Pero la ilusión era hacia mí. Hacia este presente limpio, sin promesas pero también sin cargas.

Encendí la radio. Una canción suave, de esas que parecen abrazarte por dentro. Tomé el libro de poesía y lo abrí por una página al azar. Leí:

"Hay decisiones que no se toman, se revelan."

Suspiré.

Me vestí con calma. Ropa sencilla, pero con intención. Nada de esconderse. Nada de aparentar. Y salí.

No tenía destino, otra vez. Pero ya no era novedad. Era parte de esta nueva costumbre que estaba creando con paciencia.

Me encontré con una vieja amiga, con Lucía en una plaza del centro. Me sonrió como solo lo hacen las amigas que conocen tus silencios.

—Te veo distinta —dijo, como Cassian.

—Estoy distinta —respondí.

Caminamos juntas. Hablamos de cosas mínimas. Ella no preguntó por Günter. Y yo no sentí la necesidad de contarle nada. No porque lo ocultara, sino porque ya no me definía.

A media tarde, me llamó mi madre. No hablábamos desde hacía semanas. No por enfado, sino por distancia emocional.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí. Estoy bien —dije. Y por primera vez, no fue una respuesta automática.

Me preguntó si iría a comer el domingo. Dudé. No por ella. Por mí. Porque sabía que me iban a mirar con ojos llenos de dudas, como si ya no encajara.

Pero respondí:

—Iré.

—Vale, hija —dijo, en tono neutro. Pero me pareció que sonreía al otro lado.

Volví a casa al anochecer.

Y no, Günter ya no estaba.

Había una nota sobre la mesa:

"He entendido algo tarde. Pero aun así, gracias por haberte quedado."

Estaba en el salón, con las piernas recogidas sobre el sofá y el libro de poesía apoyado en mi regazo. La casa estaba en silencio, salvo por el leve crujido de las páginas al pasar. Una vela encendida y la luz tenue de la lámpara hacían que todo pareciera suspendido en un instante delicado.

Lo escuché entrar. La puerta se cerró con suavidad, sin golpes. Luego, pasos lentos. Cansados.

No levanté la vista de inmediato. No por indiferencia. Por autoprotección.

Sentí su presencia antes de verla. Estaba ahí, de pie en la entrada del salón, mirándome.

Tardé unos segundos en alzar los ojos. Cuando lo hice, él no dijo nada. Solo me observaba, como si intentara aprenderse una imagen.

—¿Qué haces ahí? —pregunté, sin dureza, pero tampoco con ternura.

Günter tragó saliva. Dio un paso más dentro de la habitación. Tenía la corbata suelta, el rostro cansado, las manos algo tensas.

—¿Alguna vez te he dicho que eres hermosa? —preguntó, con voz grave.

Me pilló tan desprevenida que tardé en reaccionar. Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas de forma automática. No por emoción… sino por incredulidad.

Negué despacio, con la garganta apretada.

—Siempre me hiciste sentir fea —dije—. Invisible. Como si solo existiera cuando estabas de buen humor o cuando querías quedar bien delante de otros.

Günter bajó la mirada un segundo, como si el peso de mis palabras le cayera encima. Luego se acercó. Llevaba un ramo en la mano. Rosas rojas. Clásicas. Como él.

—Las compré esta mañana —dijo—. Mi idea era llegar antes. Invitarte a cenar. Hacer las cosas de otra manera por una vez. Pero el día se complicó… y no supe cómo parar a tiempo.

Se sentó a mi lado en el sofá. No intentó tocarme.

Solo dejó el ramo en la mesita de centro, entre el libro y la vela.

—No espero que esto arregle nada. Ni que me perdones hoy. Solo quería… decirte que te veo. Que quizás te vi demasiado tarde, pero te veo.

Yo no respondí. No podía. Tenía las manos frías y el pecho lleno de contradicciones.

El ramo estaba ahí, como símbolo y como pregunta.

Él se recostó un poco hacia atrás. Cerró los ojos un instante.

—Estoy cansado —dijo, en un suspiro honesto—. Pero no de ti. De mí. De lo que fui. De lo que hice contigo.

El silencio que se instaló no era hostil. Era real. De esos que ya no necesitan gritos.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible