Entrar Via

La esposa invisible romance Capítulo 11

El coche se detuvo frente a las verjas de acero negro de la casa, con el escudo familiar grabado en el centro. Todo parecía más limpio, más perfecto de lo habitual: los setos cortados con precisión matemática, las piedras del camino alineadas como si alguien las hubiera inspeccionado una por una.

Günter apagó el motor. Me desabroché el cinturón y estaba a punto de abrir la puerta cuando él se adelantó, salió del coche y dio la vuelta para abrirme desde fuera. Me sorprendió su gesto, más aún cuando me ofreció la mano sin decir una palabra.

—¿Qué haces? —pregunté, desconcertada.

—Oficialmente, lo correcto —dijo con una media sonrisa que suavizaba su rostro habitual—. Pero en realidad… porque me apetece.

Dudé. Pero la tomé.

Él entrelazó sus dedos con los míos y no soltó.

—Tendrás que acostumbrarte —añadió, mirándome directamente—. Porque de ahora en adelante, siempre voy a tomarte de la mano.

Un nudo se me formó en el estómago. No sabía si era por el gesto... o por el lugar donde estábamos. La mansión de mis padres siempre me producía una mezcla incómoda de nostalgia, culpa y miedo. No por violencia, sino por ese silencio impecable con el que juzgaban todo sin decir nada.

Caminamos hacia la puerta principal y sentí su palma cálida sobre la mía. La fachada imponente de mi infancia, que tantas veces me hizo sentir pequeña, ahora era solo un telón de fondo.

Nos abrió Marta, la ama de llaves, tan seria como siempre, abrió antes de que tocáramos el timbre, como si nos hubiesen estado observando por las cámaras de seguridad. Llevaba el uniforme gris con el cuello perfectamente planchado.

—Guten Morgen, Fräulein. Sus padres les esperan en la sala de música.

Entramos.

Todo olía a madera encerada, a perfumes caros, a poder heredado. Las paredes cubiertas de cuadros al óleo, los marcos dorados, la alfombra persa con líneas tan intrincadas que parecía un mapa secreto.

Al fondo, en la sala de música, estaban mis padres y dos de mis tíos, sentados en los sillones estilo Biedermeier, con copas de vino blanco en las manos. Mi madre, Erika, tenía su cabello rubio recogido en un moño impecable. Mi padre, Klaus, leía un periódico alemán sin mirar a nadie.

Cuando nos vieron entrar, el ambiente no cambió en apariencia... pero el aire se volvió más denso.

Mi madre fue la primera en reaccionar.

—Qué sorpresa —dijo, con su alemán pausado, perfecto—. Y vienes… acompañada.

Günter saludó con una inclinación ligera de cabeza.

—Buenos días, señora Koch. Señor von Koch —dijo, usando el apellido con una cortesía deliberada.

Mi padre plegó el periódico sin apuro.

—Buenos días, Günter —respondió—. No te esperábamos.

—No fue planeado —dijo, anticipando la frialdad—. Pero me alegra estar aquí.

—Bienvenido, joven —dijo uno de mis tíos mientras alzaba su copa—. Siempre es grato ver que al fin te escapas del trabajo.

Nos indicaron que nos sentáramos. Nos ofrecieron té, aunque ya estaban bebiendo vino. Günter aceptó. Yo no.

Durante los primeros minutos, la conversación fue una coreografía de silencios. Mis padres no preguntaban directamente, pero observaban con una precisión casi quirúrgica. Mis tíos fingían estar distraídos por la música de fondo, pero no se perdían ni una palabra.

Cuando Günter tomó mi mano de nuevo, sin siquiera mirarme, vi cómo mi madre levantaba levemente una ceja. No dijo nada.

—¿Y cómo va el trabajo, Günter? —preguntó finalmente mi padre, cortés, casi clínico.

—Muy bien. Estuvimos trabajando incluso ayer sábado. Pero estoy reorganizando para tener más tiempo libre —respondió él, con naturalidad.

Mi madre dejó su copa en la mesa de cristal.

—¿Eso significa que... ahora le das más valor al tiempo personal? —preguntó, sin ironía pero con filo.

Günter la miró. Asintió.

—Sí. Quiero tomar unas vacaciones con Olivia.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue gélido. Como el de las cenas diplomáticas donde todo lo importante se dice entre líneas.

Yo apreté su mano.

El resto de la tarde pasó entre conversaciones educadas, comentarios sobre la situación económica en Europa, y alguna anécdota de la infancia que mis tíos usaron para "romper el hielo", sin mucho éxito. Günter se comportó con una serenidad admirable, aunque sabía que estaba siendo examinado como en una entrevista de embajada.

Durante el almuerzo, nos sirvieron ensalada templada de pato, filete de ternera con verduras glaseadas, y un postre impecable de frambuesa, la conversación se centró en inversiones, la situación de los mercados y la galería de arte que había abierto recientemente un conocido de la familia en Berlín.

Günter se mantuvo firme, participativo, incluso encantador por momentos. Lo miré de reojo, sorprendida por su capacidad para adaptarse. Si no supiera todo lo que había pasado entre nosotros, habría pensado que esto era real. Sólido. Cómodo.

Pero yo sí lo sabía.

Y cuando ya creía que todo estaba bajo control, mi madre dejó su copa sobre la mesa, nos miró con esa sonrisa inocente tan bien entrenada y dijo:

—¿Y bien? ¿Para cuándo los hijos?

La pregunta cayó como un disparo silencioso. Me ahogué con el vino.

—¿Estás bien? —preguntó Günter, inclinándose hacia mí mientras yo tosía, incapaz de responder.

—Sí… sí… —logré decir, cogiendo la servilleta con rapidez.

Mi madre se mantuvo serena, sin perder el ritmo.

—No es por presionar, claro. Solo que llevan ya un tiempo juntos y... bueno, estas cosas es mejor planificarlas.

Günter la miró, luego me miró a mí. Yo seguía sin saber qué cara poner.

—Es un tema que preferimos llevar con calma —dijo él con una sonrisa medida.

—Aunque no parezca, nos tomamos nuestro tiempo para todo —añadí, aún con la garganta seca.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible