Entramos en casa en silencio. No como dos enemigos, ni como extraños. Pero tampoco como una pareja reconciliada. Era ese intermedio confuso en el que los cuerpos estaban cerca, pero las emociones aún buscaban su sitio.
Dejé las llaves sobre la mesita del recibidor. Me quité los zapatos y fui directa a la cocina. Necesitaba agua, o algo que me ayudara a tragar el nudo que todavía tenía en la garganta desde la comida.
Günter se quedó en el salón, observándome desde cierta distancia. Se quitó la americana, aflojó la corbata. La camisa arrugada a la altura del pecho le daba un aire menos estirado. Más humano.
—¿Quieres té? —pregunté desde la cocina.
—Si tú tomas, sí —respondió él, acercándose.
Preparamos el té en silencio. El vapor llenaba la cocina con un aroma suave a jazmín. Cuando nos sentamos uno al lado del otro, en la enorme mesa de madera del comedor, fue él quien habló primero.
—No sabía que te afectaba tanto lo de los hijos.
—No es sólo eso —dije, sin mirarle—. Es todo lo que no dijimos durante años. Lo que fuimos dejando debajo de la alfombra.
—Pensé que teníamos tiempo.
—Ese fue el error.
Asintió, tomó un sorbo de su té. Noté cómo buscaba las palabras, como si le costara ordenarlas.
—Hoy, cuando tu madre lo dijo, y te vi ahogarte... Me di cuenta de que nunca me había imaginado padre. Hasta que te vi con miedo. Y quise que no lo tuvieras.
Lo miré por fin. Mis ojos brillaban, pero no de ternura. De contención.
—Un hijo no tapa grietas, Günter. Las agranda.
—Lo sé. No te estoy pidiendo nada. Sólo intento entender por qué nunca hablamos de eso. Por qué me pareció normal que no lo hiciéramos.
—Porque no estábamos preparados. Ni emocionalmente, ni como pareja.
—¿Y ahora?
Suspiré.
—Ahora estamos aprendiendo a hablar. Es un comienzo.
Günter dejó la taza en la mesa y, sin avisar, tomó mi mano. No como en el coche. No como en la comida. Esta vez fue un gesto suave, cargado de respeto.
—No me importa cuánto tardemos. Pero quiero llegar contigo. Si al final decidimos que no, también lo aceptaré. Pero no quiero que volvamos a callar cosas importantes.
Asentí lentamente. Cerré los ojos un segundo. Y el futuro dejó de parecer una amenaza. Era incierto, sí. Pero ya no era un enemigo.
Porque al menos ahora, las palabras estaban sobre la mesa.
Me quedé en silencio un rato más, acariciando el borde de la taza. Y luego, sin preámbulos, pregunté:
—¿Pensaste alguna vez en tener hijos con Paula?
Él parpadeó. El nombre flotó entre nosotros como una presencia fantasma. Paula. La mujer de la que él estaba, o había estado enamorado. Durante años, su sombra se había deslizado por los márgenes de nuestra historia, aunque nunca hubiera sido nombrada abiertamente.
—No lo sé —dijo, con honestidad. Bajó la mirada—. Supongo que sí. Durante un tiempo. Pero era algo más ideal que real. Una especie de proyección.
—¿La amabas?
—Sí —respondió sin rodeos.
Tragué saliva. Esa confesión me dolía, pero también me aliviaba. Era como quitarle la venda a una herida antigua para que por fin cicatrizara.
—Nunca hablamos de ella —murmuré.
—Porque me daba miedo lo que dirías. Porque sabía que si abríamos esa puerta, íbamos a ver cosas que dolían.
—¿Y ya no te duele?
—Sí. Pero diferente. Ahora entiendo que ella no me conocía. Me admiraba, quizá. Me idealizaba. Pero no me veía. No como tú.
Respiré hondo. Apoyé la espalda en la silla.
—¿Y tú? ¿La veías?
—No. La necesitaba. Que no es lo mismo.
Nos quedamos así, frente a frente. No había reproches, ni dramatismos. Solo dos personas quitándole capas a la historia que los había formado. Y deformado.
—Gracias por decírmelo —dije al fin—. Por no disfrazarlo.
—Gracias por no echar a correr —respondió él.
Y en ese instante, entre tazas vacías y palabras sinceras, sentí que algo muy pequeño, pero vital, se reconstruía dentro de mí.
Me levanté para llevar las tazas al fregadero. Günter no se movió; solo me siguió con la mirada, como si en ese trayecto corto yo estuviera alejándome de algo más que la mesa.
—Voy a ducharme —le dije, sin volverme del todo.
Asintió.
—Te espero aquí.
No sabía si esa frase era literal o simbólica. Pero no la cuestioné.
El agua caliente cayó sobre mí como una tregua. Cerré los ojos bajo el chorro y por fin lloré. No de tristeza, no solo. Era una mezcla inextricable de cansancio, alivio, miedo, amor, duelo. Como si mi cuerpo supiera que ahora podía vaciarse porque las palabras, esas palabras que nunca habían encontrado salida, por fin habían brotado.
Salí del baño envuelta en la toalla. La casa estaba en silencio. Me asomé al salón y lo vi dormido en el sofá, una pierna colgando, la camisa medio desabrochada. Su respiración era pausada. Un hombre vulnerable, por fin bajando la guardia. Un hombre al que había amado sin saber del todo a quién amaba. Y que ahora, lentamente, empezaba a mostrarme quién era.
No lo desperté. Apagué la luz, dejando solo la lámpara del rincón encendida. Y mientras subía las escaleras hacia la habitación, me di cuenta de que, no estaba huyendo. Me estaba quedando.

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