Entrar Via

La esposa invisible romance Capítulo 13

Desayunamos tarde, casi al mediodía. Él preparó café; yo tostadas. No hubo muchas palabras, pero tampoco hicieron falta. Cada movimiento era una coreografía conocida: pasarnos la mantequilla, llenar las tazas, compartir el tarro de mermelada. Como si, por unas horas, hubiéramos recuperado una versión más simple de nosotros mismos.

Después nos sentamos en el balcón, con las piernas estiradas sobre la barandilla, el sol tímido acariciándonos los pies..

—¿Qué pasa por tu cabeza? —pregunté, mirándolo de reojo.

Sonrió apenas.

—Tú.

—¿Yo?

—Tú y… nosotros. Lo que somos. Lo que queremos ser. Me he dado cuenta de que no sé si alguna vez pregunté realmente qué querías.

Lo miré. Su tono no era culpable, ni condescendiente. Era genuino. Vulnerable. Y eso, viniendo de él, tenía un peso especial.

—Creo que yo tampoco lo supe —admití—. Al principio solo quería que no me dejaras. Luego… no sabía cómo pedir más sin parecer desagradecida.

—No eras desagradecida.

Asentí suavemente, dejando que las palabras flotaran entre nosotros.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué querías?

Suspiró, mirándose las manos.

—Quería hacerlo bien. Aunque no sabía bien qué era “hacerlo bien”. Pensé que si cumplía, si trabajaba, si no fallaba, era suficiente. Pero nunca me di cuenta de que… estabas esperando algo distinto.

Me incliné hacia él, apoyando la cabeza en su hombro.

—Nunca te pedí menos trabajo. Solo… menos distancia.

Él giró ligeramente para besarme la sien.

—Lo sé. Pero no lo entendí a tiempo.

Nos quedamos así, callados, mirando los tejados y el cielo claro. Un silencio cómodo, casi necesario, como una pausa para acomodar las piezas que habían empezado a moverse.

Mientras estábamos aún sentados en el balcón, oímos la puerta de entrada abrirse y cerrarse con su golpecito habitual. Sabíamos quién era. Rose.

—Buenos días, señor, señora —dijo su voz desde el pasillo, educada pero con ese tono cálido que solo tienen quienes han vivido años en la misma casa, cruzando silencios y complicidades inadvertidas.

Günter la saludó en voz alta, sin moverse. Yo apenas alcé la mano, sabiendo que ella nos vería desde la cocina, a través de la puerta entreabierta.

—Hoy no hace falta que prepares nada para comer, Rose —le avisé—. Hemos desayunado tarde, vamos a picar algo ligero más tarde.

Escuché cómo se detenía un segundo, como si procesara lo extraño de mi frase. Porque casi nunca improvisábamos las comidas. Porque casi siempre delegábamos esas pequeñas cosas en ella, no por desprecio, sino por costumbre.

—Como usted diga, señora —respondió al fin.

El sonido de su escoba empezó a barrer el suelo de la cocina. Ordenada, metódica. Siempre parecía ocupar el espacio justo: ni demasiado presente, ni ausente del todo. Una figura discreta, pero inevitable.

Al rato salió al balcón, con un paño en la mano. Se quedó de pie, observándonos con esa mezcla de respeto y curiosidad discreta que nunca cruzaba la línea de la confianza, pero tampoco se quedaba del todo al margen.

—Les he visto desde la cocina —dijo suavemente, casi como si hablara sola—. Hacía tiempo que no se sentaban aquí juntos.

Günter la miró, divertido.

—¿Nos espías, Rose?

Ella sonrió, un poco apurada.

—No hace falta espiar, señor. Las casas hablan.

Me reí bajito. Esa frase, tan simple y tan cierta, me atravesó de una manera inesperada. Rose había visto más de lo que nosotros creíamos. Había recogido platos tras discusiones silenciosas. Había limpiado las huellas de portazos. Había doblado la ropa de dos personas que, a veces, vivían como islas.

Pero ahora, ahí sentados, con las manos entrelazadas, ella parecía percibir algo distinto.

—Hoy la casa está más… tranquila —añadió, inclinándose para limpiar la mesa del balcón—. Se nota.

Günter la miró con una ternura indulgente.

—Hoy estamos intentándolo, Rose.

Ella asintió, sin más.

—Eso es bueno.

Cuando volvió adentro, dejándonos de nuevo solos, me quedé pensando en sus palabras. La casa hablaba. Sí. Y quizá, sin darnos cuenta, le habíamos estado gritando todo este tiempo.

—Rose nos ha visto más que muchos amigos —comenté, pensativa.

—Rose es más sabia que muchos amigos —replicó Günter, apretando suavemente mi mano.

Y en ese instante, supe que algo en nuestra intimidad estaba cambiando. Que ya no solo éramos nosotros dos, aislados en nuestra historia. Sino también las miradas que habían sido testigos silenciosos de ella. Las paredes. Las manos que cuidaban nuestro espacio cuando nosotros no podíamos.

Y, de algún modo, eso también era parte del amor. No solo lo que se decía entre dos, sino lo que los demás, calladamente, veían y sostenían.

Esa tarde, cuando Rose se despidió antes de irse, su mirada me dejó una sensación extraña: como si supiera que estábamos parados en el filo de algo importante. Como si quisiera decirnos que, pase lo que pase, todavía estábamos a tiempo.

Por la tarde, Günter apareció en la puerta del dormitorio, apoyado en el marco, con esa media sonrisa que rara vez le veía últimamente.

—¿Quieres salir? —preguntó, como si fuera algo improvisado, pero su tono llevaba días pensándolo.

—¿Salir? ¿A dónde? —respondí, cerrando el libro que intentaba leer, aunque no lograba concentrarme.

—No lo sé. A caminar. A ver qué encontramos. Como hacíamos antes.

Lo miré, entre sorprendida y divertida.

—Pero es lunes. No hay nada abierto.

Se encogió de hombros.

—Entonces solo caminamos.

Me levanté despacio, tanteando si era una invitación real o una excusa para romper la quietud de la casa. Pero cuando me acerqué, vi cómo extendía la mano hacia mí, esperándome, como si ese gesto fuera la única respuesta necesaria.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible