Cerré la puerta de mi habitación y me apoyé en ella, respirando agitadamente. Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no era solo dolor. Era algo más profundo, más oscuro. Algo que me apretaba el pecho desde dentro, como si un puño invisible intentara arrancarme el corazón.
Me deslicé por la puerta hasta sentarme en el suelo. Me abracé las rodillas. Intenté respirar. Inhalar. Exhalar. Pero el aire no entraba. O al menos no lo suficiente. Cada bocanada era como tragar espinas.
«Tranquila, tranquila, tranquila», me repetía. Pero las palabras eran inútiles. La cabeza me daba vueltas. El pecho me dolía. Los dedos me hormigueaban.
Me incliné hacia adelante, intentando controlar el temblor de mi cuerpo. Pero entonces vino el mareo. Y después, la certeza brutal de que me estaba ahogando. De que algo en mí se rompía y no sabía cómo detenerlo.
Golpeé el suelo con la palma. Intenté gritar, pero solo salió un gemido entrecortado. Un sonido bajo, animal, desesperado.
Y entonces escuché pasos rápidos en el pasillo. Golpes en la puerta.
—¡Olivia! —era Günter, su voz cargada de alarma—. ¡Olivia, abre!
Pero no podía moverme. No podía levantarme. No podía… nada.
—¡Olivia! —volvió a gritar. Y luego, un golpe más fuerte. Y otro. Y otro. Hasta que la puerta cedió.
Lo vi entrar como una sombra difusa entre mis lágrimas. Corrió hacia mí, cayó de rodillas a mi lado.
—¡Dios mío… Olivia…!
Intentó tocarme, pero me encogí, apartándome. Temblaba entera. El aire silbaba entre mis labios en jadeos irregulares.
—Shhh… tranquila… —dijo, intentando acercarse sin invadirme—. Estás teniendo un ataque de pánico. Respira conmigo. Mírame. Por favor, mírame.
Pero no podía. Tenía miedo de mirarlo. Miedo de volver a sentir ese puñal en el pecho. Miedo de que sus ojos me recordaran todo lo que acababa de romper.
Me tomó las manos con suavidad. Las apretó entre las suyas, cálidas, fuertes.
—Escucha mi voz, Olivia. Respira conmigo. Inhala… uno, dos, tres… exhala… uno, dos, tres… —su tono era firme, pero dulce.
Intenté seguirlo. No fue fácil. Cada inhalación era una lucha. Cada exhalación, una pequeña victoria. Pero, poco a poco, las lágrimas empezaron a calmarse. El mareo disminuyó. La presión en el pecho aflojó apenas.
Me dejé caer hacia él, agotada, rendida. Mi frente tocó su hombro. Su brazo me rodeó con cuidado, como si temiera romperme aún más.
—Lo siento tanto… —susurró, su boca rozando mi cabello—. Lo siento, Olivia…
Yo cerré los ojos. Las lágrimas seguían cayendo, silenciosas, pesadas.
Porque aunque su abrazo era tibio… yo seguía sintiéndome fría.
Porque aunque sus palabras intentaban consolarme… ya no creía en ellas.
Y en ese instante, supe que el amor que me unía a él… era también el que me destruía.
Me desperté con la luz filtrándose a través de las cortinas. El sol de la mañana era tibio, casi amable. Sentí su brazo alrededor de mi cintura, su cuerpo pegado al mío, su respiración pausada en mi nuca. Como si nada hubiera pasado. Como si la noche anterior no hubiera existido.
Pero yo sabía la verdad. Sabía que ese abrazo no podía sostener lo que se había roto.
Con cuidado, me deslicé fuera de la cama, intentando no despertarlo. Me puse una bata y bajé las escaleras. La casa estaba en silencio, salvo por el murmullo lejano de Marta en la cocina.
Desayuné sola. Café negro, sin azúcar. No sentía hambre. Solo necesitaba el calor de la taza entre las manos. Miré por la ventana, las flores del jardín, el cielo límpido. Era un día hermoso, pensé. Irónicamente hermoso.
Escuché sus pasos bajando. Se detuvo al verme. Sus ojos buscaban los míos, pero yo no levanté la vista.
—¿Dormiste? —preguntó, con una suavidad inusual.
—Lo suficiente —respondí, bebiendo otro sorbo.
Se acercó, se sentó frente a mí. Observó cómo revolvía lentamente el café, sin probarlo de nuevo.
—Olivia… —empezó.
Levanté la mano, calmada.
—No. Hoy no.
Su ceño se frunció.
—Necesitamos hablar.
Lo miré entonces, directo, por primera vez esa mañana.
—Tú necesitabas hablar anoche. Y lo hiciste. Hoy… no hay nada más que decir.

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