El sonido del viento contra las ventanas me despertó antes del amanecer. Abrí los ojos y durante un instante no supe dónde estaba. Luego recordé: la habitación, la casa, Günter respirando al otro lado de la cama.
Me quedé inmóvil, mirando el techo en la penumbra. No quería moverme, no todavía. Había algo en esa quietud, en ese minuto suspendido entre la noche y el día, que me resultaba extrañamente seguro.
Pero el corazón… el corazón aún pesaba.
Me levanté sin hacer ruido, descalza, sintiendo el frío de la madera bajo los pies. Crucé la habitación y salí al balcón. La brisa era fresca, casi helada, pero no me importó. Respiré hondo, dejando que el aire limpio me llenara, que me despejara.
El cielo estaba comenzando a clarear, apenas una línea pálida en el horizonte. Y por un segundo, solo un segundo, sentí que tal vez… tal vez había un lugar para mí en ese nuevo día.
Cuando volví al interior, Günter seguía dormido. Su frente relajada, su respiración profunda. Lo observé en silencio, y no sentí odio. No sentí rabia. Solo un cansancio inmenso. Como si hubiera cargado con un peso durante demasiado tiempo y mis brazos ya no pudieran sostenerlo.
Bajé a la cocina y preparé yo misma el desayuno. Pan tostado, frutas, té en lugar de café. Algo en mí necesitaba esa suavidad.
Rose entró después, sorprendida al verme ocupada.
—¿Señora Olivia? ¿Todo bien?
Le sonreí, una sonrisa pequeña pero sincera.
—Hoy sí, Rose. Hoy… mejor.
Ella asintió, y no preguntó más. Agradecí su discreción.
El resto del día lo pasé en el estudio. Pintando. Mezclando azules y grises con un poco de rojo, como si pudiera convertir todo ese caos en algo tangible, algo que mis manos pudieran controlar. Perdí la noción de las horas. Solo pinté, hasta que mis dedos quedaron manchados y mi cuerpo, agotado.
Cuando terminé, me aparté unos pasos y miré el lienzo. No era hermoso. No era siquiera claro. Pero era mío. Era honesto. Y eso bastaba.
Al volver a la casa, me encontré a Günter en el salón. Estaba al teléfono, pero al verme, se despidió rápido y colgó. Sus ojos me buscaron, y esta vez, sí los sostuve.
—Olivia… —su voz era baja, casi ronca—. Necesito que me escuches. Solo un momento.
Me quedé mirando las flores, mis dedos jugando con un pétalo como si eso pudiera protegerme de lo que venía.
—No quiero más disculpas, Günter.
—No es solo una disculpa —insistió, avanzando un paso—. Es… es una explicación. Sé que no cambia lo que pasó. Sé que te fallé. Pero necesito que sepas por qué. Necesito que entiendas.
Cerré los ojos, apretando los dientes. Cada palabra suya era un golpe en mis costillas. Pero aún así, me giré. Quería escucharlo. Quería que al menos esta vez, dijera toda la verdad.
—Entonces habla —dije, la voz tensa—. Dime por qué. Dime por qué me rompiste.
Se pasó la mano por el cabello, frustrado, buscando las palabras.
—Paula… ella era… era una parte bonita de mi vida antes de ti. Cuando mis padres murieron, ella fue quien estuvo allí. Ella me sostuvo cuando yo no podía más. Y cuando todo en mí se sentía muerto, ella era el único recuerdo de algo que no dolía.
Su mirada se nubló, y vi en sus ojos ese niño roto que tantas veces quise proteger. Pero esta vez no me conmovió. Esta vez, solo sentí el ácido de la rabia quemarme por dentro.
—¿Y yo? —mi voz se alzó, temblando—. ¿Yo no estuve? ¿No estuve cuando te despertabas gritando en mitad de la noche? ¿No estuve cuando bebías hasta perder el sentido porque no querías sentir? ¿No fui yo la que te recogía del suelo cuando no podías ni sostenerte?
Me acerqué, mi pecho subiendo y bajando con cada respiración desbocada.
—¡Yo también estuve, Günter! ¡Yo también te sostuve! —grité, mi voz quebrada—. Pero tú… tú me alejaste. Me cerraste la puerta en la cara mientras corrías a buscar consuelo en ella.
Él bajó la cabeza, como si mis palabras fueran golpes que no podía esquivar.
—No fue justo —murmuró—. No fue justo para ti. Lo sé. Y me odio por eso, Olivia.
Las lágrimas ardían en mis ojos, pero no las dejé caer. Ya no. No por él.
—No es solo que no fuera justo —susurré, mi voz afilada—Cuando más te necesitaba, me convertiste en un espectro. En alguien invisible.
Vi cómo tragaba saliva, sus puños apretados a los costados.
—No supe cómo… No supe cómo sostenerte sin hundirme más. Y Paula… ella era mi refugio antes. Pero estaba roto. Yo… yo estaba roto.
—¡Y yo no! —mi grito rebotó en las paredes—. ¿Crees que yo no estaba rota también? ¿Qué mirarte con ella, no me rompía por dentro? ¡Pero yo no corrí a nadie más, Günter! Yo me quedé. Yo esperé. ¡Y tú… tú me matabas un poco más cada vez que elegías a ella antes que a mí!
Su respiración era agitada ahora, y sus ojos, rojos, como si estuviera conteniendo lágrimas.
—Lo sé. Sé que no hay perdón para eso —murmuró—. Pero quiero enmendarlo. Quiero… recuperar lo que destruí. Aunque me tome toda la vida.
Lo miré, con el corazón hecho trizas.

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