Cuando escuché la puerta cerrarse tras él, el silencio que quedó fue tan brutal que casi me tumbó al suelo. Me agarré al borde de la mesa para no caer, temblando de pies a cabeza. Las lágrimas seguían corriendo, pero ya no las sentía. Era como si mi cuerpo llorara por inercia, como si hubiera aprendido a hacerlo incluso cuando yo ya no estaba presente.
Me dejé caer al suelo, las rodillas contra el pecho, la frente apoyada en el frío mármol.
Y entonces, sin querer, las imágenes vinieron. Como un torrente. Las imágenes de aquella noche.
La habitación del hotel con sus cortinas de seda, las flores frescas sobre la mesa, el vino que no probé porque tenía el estómago hecho un nudo. La cama demasiado grande. Demasiado blanca. El vestido de encaje que Rose me había ayudado a elegir, diciéndome que me vería como una diosa.
Y Günter… tan seguro. Tan decidido. Con esa sonrisa que ahora sé que era hambre, no ternura.
Me vi a mí misma, con las manos temblorosas, cuando él me desabrochó el vestido sin decir una palabra, sus dedos torpes pero rápidos. Vi mi reflejo en el espejo mientras él me tumbaba en la cama. Una niña. Eso era. Una niña que no sabía lo que venía. Que había creído en las historias románticas donde hacer el amor era algo dulce, algo que te hacía sentir especial.
Pero no fue así.
Sentí el ardor, el dolor punzante que me hizo morderme los labios hasta sangrar. Y él no se detuvo. No me miró a los ojos. No preguntó si estaba bien. Solo siguió, como si lo que yo sentía no importara. Como si mi cuerpo fuera solo un objeto que debía cumplir su función.
Me dije que era normal que doliera. Que después sería diferente. Que después él sería diferente.
Pero no hubo después.
Solo una noche como esa. Más silencios. Más lágrimas mordidas contra la almohada.
Golpeé el suelo con el puño, un grito mudo desgarrándome por dentro.
—¡Maldito seas! —solloqué—. ¡Maldito seas, Günter!
Me arrastré hasta la pared y me acurruqué ahí, sintiendo que todo dentro de mí se deshacía. Cada vez que alguien me había preguntado por nuestra luna de miel, yo había sonreído. Había mentido. Les había dicho que fue perfecta. Que fue un sueño. Porque decir la verdad era admitir que me habían roto antes siquiera de empezar.
Me cubrí los oídos, como si eso pudiera callar las voces en mi cabeza, las memorias que ahora volvían con tanta fuerza que me ahogaban.
Recordé cómo al día siguiente tuvimos que tomar un vuelo largo, mientras yo apenas podía caminar sin sentir el dolor en cada paso. Y cómo él no notó. O no quiso notar. Solo me tomó de la mano, orgulloso, mientras yo sonreía para las fotos, fingiendo que todo estaba bien.
No estaba bien. Nunca estuvo bien.
Y ahora, años después, venía a hablarme de Florencia como si fuera nuestro santuario. Como si pudiera arrastrarme de vuelta a esa ciudad y convencerme de olvidar lo que me hizo.
Me limpié las lágrimas, furiosa.
—No más —susurré—. No más mentiras. No más silencio.
Porque ahora entendía que no solo me había traicionado con Paula. Me había traicionado desde el principio. Desde esa primera noche en que eligió no verme. No escucharme. No cuidarme.
Me levanté del suelo, tambaleándome, pero con una determinación nueva ardiendo en mi pecho.
Iba a romper con todo.
Con cada recuerdo maquillado. Con cada mentira que me tragué. Con cada vez que me dije que era yo la que estaba rota.
Me miré al espejo, el rostro hinchado, los ojos rojos.
Y me juré que no iba a volver a ser la mujer que lloraba por él.
Se acabó.
Cuando Günter regresó esa noche, yo ya no era la misma que había dejado. Me encontraba en la sala, sentada en el borde del sofá, las manos entrelazadas, la mirada fija en la chimenea apagada. Cuando escuché sus pasos, no levanté la vista. Pero sentí su presencia, pesada, como una tormenta acercándose.
—Olivia —su voz sonó cansada, pero firme—. Tenemos que hablar.
—Por fin —murmuré, sin emoción—. Pensé que nunca llegarías al fondo de esto.
Se quedó de pie unos segundos, quizá midiendo mis palabras, mi tono. Luego dio un paso adelante.
—No quiero que terminemos así —dijo—. No después de todo lo que hemos vivido.
Entonces levanté la mirada. Y no pude evitar que la rabia me subiera como un fuego por la garganta.
—¿Todo lo que hemos vivido? —me reí, amarga—. ¿Te refieres a las veces que me hiciste sentir como un adorno en tu vida? ¿A las noches en que lloré en silencio mientras tú dormías como si nada? ¿O hablas de Florencia? De esa maravillosa luna de miel donde me desangraste por dentro y ni siquiera tuviste la decencia de preguntarme si estaba bien.
Vi cómo su rostro se tensaba, el ceño fruncido, los labios apretados. Pero no me detuve. No esta vez.
—No digas que hicimos el amor, Günter. No lo hicimos. Lo que pasó esa noche fue sexo. Frío, egoísta, doloroso. Y tú ni siquiera me miraste a los ojos. Solo tomaste lo que querías y seguiste como si yo no fuera más que un cuerpo debajo tuyo.
Él dio un paso atrás, como si mis palabras fueran un golpe físico.
—Eso no es justo —espetó—. Yo era joven, inexperto…
—¡Y yo era virgen! —grité, incorporándome tan rápido que sentí vértigo—. Era mi primera vez, Günter. Y tú lo sabías. Sabías que estaba asustada, que no sabía qué esperar. Y no te importó. ¡No te detuviste ni una vez para preguntarme si estaba bien!
Mis lágrimas volvían, ardientes, pero esta vez no las escondí. Las dejé caer mientras me acercaba a él, cada palabra saliendo como un latigazo.
—¿Y ahora vienes a hablarme de Florencia? ¿De vacaciones para que, qué? ¿Para que deje de mirarte con odio? ¿Para que finja que no te acostaste con Paula mientras yo te esperaba en esta casa como una estúpida?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible