Los días siguientes se convirtieron en un teatro cruel.
Cada mañana, me levantaba antes que Günter y me aseguraba de estar ya vestida y presentable cuando él bajara. Preparaba dos tazas de café, como si nada estuviera roto entre nosotros. Como si no estuviera contando los días para desaparecer de su vida.
—Gracias —decía él, con esa sonrisa cansada que parecía un eco de lo que alguna vez fue.
Yo le devolvía la sonrisa. Una réplica perfecta. Sin alma.
—De nada.
Por dentro, sentía el corazón golpearme el pecho con fuerza. Cassian había llamado la noche anterior. Todo iba a estar listo. Me esperaría en un coche alquilado, la noche del tercer día después de nuestra llegada a estados unidos. Acordamos que no habría mensajes. Solo una llamada perdida, una señal que confirmaría que era el momento.
Lo tenía todo en mi cabeza: no desharía mi maleta con cualquier excusa tonta y escondería mi pasaporte en el doble fondo de la misma, un poco de efectivo que había ido retirando en pequeñas cantidades para no levantar sospechas, y la certeza brutal de que no pensaba mirar atrás.
Pero cada vez que Günter me miraba con esos ojos azules, rotos, llenos de un miedo que nunca antes le había visto, sentía una punzada venenosa en el estómago.
La promesa que le hizo a sus padres.
Yo lo sabía. Él jamás iba a dejarme ir voluntariamente. No porque me amara. No. Sino porque para él, romper esa promesa era traicionar a los muertos. Y Günter no podía con eso. No podía con la idea de fallarles.
Por eso me arrodillé ante el altar de la mentira y recité mi papel.
—Quizá este viaje sea bueno —dije una noche, mientras cenábamos en el comedor.
Günter levantó la cabeza de inmediato. La esperanza brilló en su rostro como un fuego desesperado.
—¿De verdad crees que…?
Asentí, bajando la mirada como si aún estuviera herida pero dispuesta.
—Creo que… podríamos intentarlo. Por un par de semanas. Sin presión.
Él dejó los cubiertos y rodeó la mesa, hincándose otra vez frente a mí, como ya lo había hecho días atrás.
—Solo necesito eso, Olivia —susurró, con lágrimas que amenazaban con desbordarse—. Una oportunidad. Solo una. Y si después de eso sigues queriendo irte… —tragó saliva— te dejaré libre. Te daré el divorcio.
Las palabras me perforaron el pecho. Sabía que él lo decía creyéndolo. Pero también sabía que jamás cumpliría esa promesa. No si podía evitarlo.
Apreté su mano, teatral.
—Gracias.
Por dentro, contaba los latidos. Uno, dos, tres. Faltaban cinco días para volar.
Esa noche, mientras él dormía a mi lado, boca abajo, me senté en la oscuridad y miré a Günter, su espalda ancha, su respiración pesada. La misma espalda que alguna vez creí que me protegía y ahora sentía como una jaula.
Me levanté en silencio y fui al baño. Cerré la puerta y apoyé la frente contra el espejo frío.
Mi reflejo me devolvió la mirada.
Vacía. Firme. Asustada.
—No vas a fallar —murmuré—. Esta vez no.
Y en mi mente, ya no estaba en Suiza.
Estaba lejos. Lejos de Günter. Lejos de las promesas rotas. Lejos de todo.
Con Cassian. No porque fuera un cuento de hadas. Sino porque era el único que me había dicho la verdad, incluso cuando dolía.
Porque en ese momento, la verdad, aunque cruel, era todo lo que me quedaba.
Al día siguiente, cuando Günter me mostró los pasajes y el itinerario con una sonrisa temblorosa, yo sonreí también.
—Se ve perfecto —dije.
Y por dentro, pensé:
Perfecto para escapar.
El avión despegó bajo un cielo limpio, y Günter me tomó la mano en el preciso instante en que las ruedas dejaron la tierra.
—Todo va a ir bien, cariño —susurró, entrelazando sus dedos con los míos—. Te lo prometo.
Sonrió, esa sonrisa que alguna vez fue mi hogar. Y durante un segundo, sentí un vértigo asqueroso en el estómago. Como si mi cuerpo supiera que estaba a punto de romper algo irreparable.
Pero asentí. Y mantuve mi mano quieta entre la suya, aunque tenía ganas de vomitar por el “cariño”
El avión aterrizó en Zúrich bajo un cielo gris perla, con las montañas apenas visibles en la distancia, cubiertas por una niebla suave que parecía flotar. Günter había reservado un coche privado que nos llevó por carreteras impecables, bordeadas de árboles desnudos y lagos que parecían espejos de hielo.
Él no dijo mucho durante el trayecto, pero su mano rozó la mía en el asiento, como una invitación muda. No la retiré, pero tampoco respondí.
Llegamos a un hotel en Lucerna, frente al lago, una antigua mansión convertida en hospedaje de lujo. Nos recibieron con flores y una suite decorada con tonos cálidos, madera tallada, y ventanales que daban al agua. Sobre la cama, encontré un ramo de gardenias frescas. Las mismas que había dejado en la mesa del desayuno semanas atrás.
—Te acordaste —murmuré, sin querer.
Günter sonrió, esa sonrisa pequeña, apenas un pliegue en la comisura de los labios.

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