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La esposa invisible romance Capítulo 19

La noche cayó temprano en Suiza, como si el cielo mismo estuviera cansado de tanto peso.

Después de cenar en un pequeño restaurante donde Günter insistió en pedirme mi postre favorito, aunque apenas probé un bocado, volvimos a la suite en silencio.

Yo me senté junto a la ventana, mirando las luces titilantes del pueblo que se derramaban como un puñado de luciérnagas rotas sobre la nieve.

Él se quedó de pie detrás de mí, indeciso. Podía sentir su mirada en mi nuca, como un roce fantasma que no se atrevía a tocarme del todo.

—No sé si te das cuenta… —su voz sonó rasposa, como si le costara arrancarla de la garganta—, pero cada vez que ríes, aunque sea un poco… siento que respiro de nuevo.

Me giré despacio, con los ojos fríos.

—No deberías necesitar que yo ría para respirar, Günter.

—Lo sé. Pero es lo que pasa. —Se pasó una mano por el cabello, derrotado—. Es patético, ¿verdad?

Me levanté, bordeando el sofá como si él fuera un campo minado que debía evitar.

—No es patético. Es tarde. Muy tarde para que ahora me muestres lo que siempre fuiste capaz de ser y nunca fuiste.

Él cerró los ojos, apretándolos como si mis palabras fueran puñales.

—Te juro por Dios que no lo supe antes. No supe cómo cuidarte. Cómo quererte bien.

—Y ahora sí, ¿no? —escupí, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta como bilis—. Ahora que ya me perdiste, ahora eres el esposo perfecto. El que me abraza sin pedirme nada. El que me da espacio, el que me da sopa y escribe cartas. Bravo, Günter. Aplausos.

Lo vi temblar. Lo vi tragarse algo amargo.

—Estoy intentando…

—¡Demasiado tarde! —grité, y mi voz quebró el silencio tan brutalmente que hasta yo me asusté.

Él dio un paso hacia mí, las manos abiertas, desesperadas.

—Olivia, mírame. Mírame, por favor.

Lo miré.

No porque quisiera, sino porque algo en su voz me empujó a hacerlo.

Y cuando lo hice, vi todo lo que me había negado durante años.

Un hombre derrotado. Un hombre tarde.

Tarde para mí.

Tarde para nosotros.

—¿Para qué? —pregunté, sintiendo cómo el cansancio se adhería a mis costillas como una sombra espesa—. ¿Qué esperas que vea, Günter? ¿Tu cara rota? ¿Tu culpa envuelta en ternura?

Él no respondió. Solo tragó saliva con fuerza, como si mis palabras le hubieran arañado la garganta.

—Quiero que veas que todavía estoy aquí —dijo al fin, y su voz sonó tan vulnerable que me dio náuseas—. Que no me fui. Que no me rindo.

Me reí. Pero no fue una risa de verdad. Fue ese sonido hueco que se escapa cuando ya no hay nada más que decir.

—¿Y eso qué se supone que es? ¿Amor? ¿Redención? ¿Un maldito gesto heroico de último minuto?

La suite estaba en silencio, salvo por el sonido tenue del viento chocando contra el cristal. Era el tipo de silencio que sólo existe cuando alguien ya no cree en lo que el otro promete.

Günter bajó la mirada, y por un segundo, pareció un niño. Uno que había roto algo demasiado valioso y no sabía cómo pedir perdón.

—Tal vez sea cobardía —murmuró—. Pero es la única forma que tengo de pedirte que no me borres por completo.

Sentí que algo me empujaba desde adentro, como una ola contenida que me doblaba las costillas.

—No puedo darte eso —dije, apenas más fuerte que un suspiro—. Ni siquiera sé si mañana voy a querer quedarme.

Él asintió. No discutió. No insistió. Y eso fue peor. Porque si me hubiera rogado, habría podido odiarlo un poco más. Pero esa quietud… esa aceptación… me dolía.

—Solo quiero —agregó— que lo que quede de nosotros, aunque sea ceniza, no duela tanto.

Di un paso atrás, sintiendo la madera crujir bajo mis pies.

—El polvo siempre duele cuando se mete en los ojos —le dije, sin pensar, y me odié un poco por la poesía involuntaria de mis propias palabras.

Volví a la ventana.

No lloré.

Ya no tenía lágrimas para él.

Pero por primera vez en mucho tiempo, sentí un leve temblor en la espalda. Un anhelo.

Deseé, con una fuerza casi infantil, que alguien pudiera tocarme…

y que no doliera.

No era amor.

No era perdón.

Era solo una grieta.

Pero incluso las grietas, si las dejas abiertas, dejan entrar un poco de aire.

Me quedé allí, frente a la ventana, mucho después de que Günter se alejara.

El reflejo del vidrio me devolvía una imagen que apenas reconocía: una mujer demasiado joven para sentirse tan vieja por dentro. Una mujer que había amado más de lo que debía y perdido más de lo que podía soportar.

No me moví. Ni siquiera parpadeé. Afuera, las luces del pueblo seguían titilando, ajenas a todo. Envidié esa indiferencia. Envidié el hielo. La calma. El no sentir.

Me abracé a mí misma. No por frío, sino por costumbre. Nadie me abrazaba ya sin condiciones. Sin agendas. Sin consecuencias.

Y me di cuenta de que había olvidado cómo se sentía ser abrazada sin miedo.

Sin estar preparada para huir.

Me senté en el suelo, con la espalda apoyada contra el ventanal. Sentí la alfombra tibia bajo mis piernas y un peso inmenso en el pecho, como si todos los años de silencio y dolor hubieran decidido caer sobre mí de golpe.

No lloré.

Pero dolía.

Dolía como si lo hiciera.

Pasó el tiempo. No sé cuánto. Podrían haber sido minutos o siglos.

Entonces escuché pasos. No eran apresurados. Tampoco dudosos. Eran los pasos de alguien que sabía que ya no tenía nada que perder.

Günter apareció en mi campo de visión. Se detuvo a unos metros. No dijo nada al principio. Me miraba como si intentara encontrar a la Olivia de antes, a la que se le iluminaban los ojos con solo verlo. Pero esa Olivia ya no estaba. O estaba en ruinas.

—¿Puedo sentarme? —preguntó.

No respondí. Pero tampoco lo eché. Y eso bastó. Se sentó frente a mí, cruzando las piernas, como si fuéramos dos adolescentes y no dos adultos fracturados.

Me miró. No con lástima. Con esa especie de ternura amarga que uno sólo tiene cuando sabe que ya es tarde, pero igual quiere entender.

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