No hablamos más.
El silencio se quedó con nosotros, pero era otro tipo de silencio. No el helado, el que corta, el que castiga.
Era un silencio herido, sí, pero honesto. El de dos personas que se habían dicho todo y, por primera vez, no intentaban taparlo con promesas vacías.
Günter respiraba hondo a mi lado. Yo también. Era extraño, estar tan cerca y al mismo tiempo tan lejos.
Pero por alguna razón… no dolía como antes.
Dolía distinto.
Menos como una herida abierta, más como una cicatriz reciente.
Sensible. Presente. Pero cerrándose.
Durante un rato, no sé cuánto, miramos la ventana juntos.
Las luces del pueblo seguían parpadeando en la nieve, como si el mundo allá afuera siguiera su curso, indiferente a nuestro pequeño derrumbe.
Me recosté un poco contra el marco de la ventana. No por cansancio físico, sino por agotamiento emocional.
Sentía el cuerpo entumecido, como si cada palabra que había dicho antes me hubiera drenado por completo.
—¿Tienes frío? —preguntó él, sin moverse.
Negué con la cabeza.
Pero, aun así, se quitó su abrigo y lo dejó a mi lado. No me lo puso encima. No me tocó. Solo lo dejó ahí, como una oferta muda. Una elección.
Lo acepté.
Lo tomé y me cubrí los hombros. No porque lo necesitara. Sino porque, por primera vez, me lo ofrecía bien.
Y no hablamos más esa noche. No hicimos nada más.
Cuando finalmente me levanté para ir a dormir, él no me siguió. Solo me deseó buenas noches en voz baja, como si supiera que no debía pedir más. Y yo respondí con un susurro igual de frágil.
Me acosté sola, aunque la cama era enorme. Miré el techo largo rato, con el abrigo de Günter todavía sobre mí. Y antes de cerrar los ojos, pensé que a veces el amor no muere con gritos…Muere con gestos tardíos.
Con abrazos que llegan años después.
Con palabras que uno necesitaba a los diecisiete… y recién se escuchan a los treinta.
Aun así, dormí.
Por primera vez en semanas, dormí sin despertarme con un nudo en la garganta.
Y eso, aunque pequeño, también fue un tipo de esperanza.
La mañana llegó sin estruendo. Se deslizó por la habitación como una disculpa.
Una luz pálida entraba por los ventanales, derramándose sobre la alfombra, el sofá, las copas vacías en la mesa… y sobre mí.
Me desperté antes de que el reloj marcara algo significativo. No porque hubiera dormido poco, sino porque mi cuerpo ya no sabía cómo quedarse quieto cuando no había dolor. Era como si el descanso me pareciera un lujo sospechoso.
Me senté en la cama, con las piernas cruzadas y la manta aún encima. El abrigo de Günter estaba doblado a un lado, donde lo dejé antes de cerrar los ojos. Lo miré por unos segundos.
Seguía oliendo a él. A su perfume, a su cigarro ocasional, a su mundo. Pero no me dolió. No como antes. Ahora solo era un olor. Un recuerdo envuelto en tela.
Me levanté. Caminé descalza por la suite, sintiendo la alfombra bajo los pies. Todo estaba en silencio. No el silencio tenso de antes, sino uno nuevo. Casi… reparador.
Encontré a Günter en la pequeña sala contigua, sentado frente a una libreta. Sí, una libreta. De papel. Escribía con un bolígrafo negro, con letra prolija, como si cada palabra debiera ser medida antes de existir.
No me vio entrar. O si lo hizo, no dijo nada. Y yo tampoco.
Fui hasta la cafetera, preparé una taza. Dejé que el aroma me envolviera. Me senté frente a él, sin interrumpir su escritura.
Después de unos minutos, levantó la vista.
—Buenos días —dijo. Su voz era baja, pero no insegura.
—Buenos días —respondí.
Nos quedamos ahí. Dos adultos, frente a frente, con una historia rota entre las manos y un silencio que ya no nos aplastaba, sino que nos contenía.
—Estoy escribiéndote algo —dijo, mirando la libreta, no a mí—. No una carta esta vez. Algo más largo. Más… real.
—¿Para que lo lea ahora? —pregunté, con cautela.
Él negó.
—Para cuando quieras. O nunca.
Es solo… algo que necesito decirte. Pero bien dicho. No a gritos. No tarde.
Asentí. No dije nada más.
Tomé mi café.
Y por primera vez, me permití observarlo sin ira. Sin lástima. Solo como quien ve a un hombre sentado en su dolor, haciendo lo único que le queda: intentar.
No supe qué íbamos a ser después de eso. No supe si volveríamos a amarnos, si podríamos alguna vez reparar lo que fuimos.
Pero esa mañana, por mínima que fuera, fue un punto de inflexión.
Un lugar donde la luz cayó… y, por fin, no dolió.
Günter cerró la libreta con suavidad y la dejó a un lado.
No hizo ningún intento de darla, ni de justificarla.
Eso, en él, ya era nuevo. Antes siempre necesitaba controlar el momento, dirigir el guión.
Ahora solo dejaba que las cosas ocurrieran.
Me preparó otra taza de café sin preguntarme cómo lo quería.

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