Entrar Via

La esposa invisible romance Capítulo 21

Regresé cuando el sol ya se había elevado del todo, iluminando las cumbres blancas con una claridad insoportable.

Caminé despacio por el pasillo del hotel, como si cada paso que me acercaba a la suite pesara un poco más.

Al entrar, lo encontré en la misma sala, todavía con la libreta a un lado. No estaba escribiendo.

Solo miraba el ventanal, como si buscara una señal en la nieve.

Cuando me vio, sonrió, pero su expresión era más un intento que una victoria.

—Saliste mucho rato —comentó con calma, sin reproche.

—Necesitaba aire.

Asintió. Bajó la mirada a la taza que tenía entre las manos. El café estaba frío.

—¿Te hizo bien?

—Sí —respondí, colgando el abrigo con cuidado.

Me observó con esa forma de mirar que tienen los hombres que intuyen lo inevitable pero no se atreven a nombrarlo.

—¿Estás más tranquila?

—Estoy más decidida.

Un silencio. Pequeño. Preciso.

Günter apretó los labios, como si algo dentro de él se rompiera de forma imperceptible.

—¿Decidida a qué?

Lo miré. Directo a los ojos.

—A seguir adelante, Günter. De verdad.

No dijo nada. No intentó detenerme.

Pero sus hombros bajaron, casi imperceptiblemente.

Como si algo dentro de él supiera finalmente que la mujer que tenía enfrente ya no era la misma que lo había esperado tantos años.

Y sin que mediara más palabra, fui al baño a lavarme las manos.

Sentí el agua helada correr entre mis dedos.

Pensé en Cassian.

En Boston.

En mi madre.

En la Olivia que fui.

Y en la que estaba empezando a ser.

Cuando salí, Günter ya no estaba en la sala.

Había cerrado la libreta. La había guardado.

Y sobre la mesa, quedaba solo un cuaderno pequeño, abierto en la primera página, con una sola frase:

“No quiero que te vayas. Pero si te vas, al menos esta vez, quiero merecer tu ausencia.”

Cerré el cuaderno con cuidado.

Y supe que la cuenta regresiva ya había empezado.

Me quedé en la sala un rato más, sin moverme, escuchando cómo el silencio se hacía cada vez más espeso. No sabía si Günter había bajado a caminar, a fumar, o si simplemente necesitaba estar solo. Tal vez él también estaba procesando lo inevitable.

Pero no era el final. Aún no.

Tres días.

Eso era lo que quedaba.

Un margen frágil entre el ahora y el después.

Cuando volvió, ya había empezado a oscurecer. Llevaba el cabello revuelto por el viento y el cuello del abrigo subido. Me encontró sentada en el sofá, con el cuaderno en las manos, aún cerrado.

—¿Leíste? —preguntó sin rodeos.

Asentí.

No dijo nada más durante unos segundos. Caminó hasta la mesa, se quitó el abrigo con lentitud y lo colgó en el respaldo de una silla.

—No quiero que esto termine así —dijo finalmente, sin dramatismo, pero con un cansancio honesto—. No con tanto silencio.

Lo miré. Había algo en su voz que no era súplica. Era respeto.

—¿Qué propones?

Günter dudó un momento. Se pasó una mano por la nuca, incómodo. Como si lo que iba a decir se le hiciera demasiado grande en la boca.

—Una cena. Esta noche. Solo eso. Tú y yo, sin cuentas pendientes. Sin pasado. Solo hoy.

Estuve a punto de decir que no. Por orgullo. Por miedo. Por todo lo que ya sabía.

Pero luego pensé: ¿qué daño puede hacer una última cena?

—Está bien —dije al fin—. Una.

Él sonrió, casi con alivio. Asintió sin palabras.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible