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La esposa invisible romance Capítulo 22

La habitación estaba en silencio cuando entramos. Solo el leve crujido de la madera bajo nuestros pasos, el zumbido sutil de la calefacción, y el sonido lejano de la nieve golpeando el ventanal.

Günter cerró la puerta tras de sí. No encendió la luz. Solo dejó su abrigo en el perchero y se quedó ahí, quieto, mirándome como si aún no creyera que yo estaba de nuevo frente a él.

Yo avancé despacio, con el corazón tenso. No sabía si quería hablar, huir o quedarme inmóvil para siempre.

—Gracias por esta noche —dije, en voz baja, apenas audible.

—No me agradezcas —respondió él, dando un paso hacia mí—. Gracias por no decir que no.

Nos quedamos a un metro de distancia, tal vez menos. Yo podía sentir su aliento, el olor tenue del vino caliente, de la lana húmeda y del jabón que siempre usaba. Era el mismo olor de las primeras veces. De Florencia. De las noches en las que me despertaba y él ya estaba mirándome.

No sé quién se movió primero.

Solo sé que, de pronto, sus manos estaban en mi rostro. Que sus dedos tocaron mi piel con una delicadeza que parecía no querer romper nada. Y que yo, en vez de apartarme, cerré los ojos.

El beso no fue urgente. Fue una pregunta. Una forma de pedir perdón sin palabras. Y también una despedida encubierta, al menos para mi.

Él me besó como si intentara memorizarme. Como si con cada roce, cada roce lento de sus labios, pudiera evitar lo que ya intuía.

Respondí. Porque parte de mí quería sentir lo que era ser amada por el. Porque aunque ya no podía quedarme, tampoco quería irme sin recordar.

Günter me rodeó con sus brazos. Me sostuvo como si aún creyera que el mundo podía recomponerse con solo un gesto.

Sus manos bajaron por mi espalda. Lentas, cálidas, seguras. Me quitó el abrigo sin prisa. Yo le aflojé la bufanda. Nos deshicimos de la ropa con esa clase de urgencia callada que no viene del deseo, sino de la necesidad de no olvidar el cuerpo del otro.

Cayeron las capas entre nosotros, literalmente. La lana. El silencio. El miedo. Y entonces fue como lo soñé.

No. Fue mejor. Porque ya sabíamos todo lo que habíamos perdido.

Hicimos el amor sin premura. Sin escudo.

Günter me besó los hombros como si fueran sagrados. Me susurró palabras en alemán que no traduje en mi cabeza. No hacía falta.

Me miró a los ojos todo el tiempo. Como si no pudiera, como si no quisiera cerrarlos.

Y yo… Yo lo toqué como se tocan los recuerdos: con una mezcla de ternura, nostalgia y una pequeña rabia por todo lo que no fue.

Después, en la cama, con las sábanas enredadas y el aliento aún compartido, él me abrazó por detrás. Apoyó su frente en mi nuca. No dijo nada. No pidió nada. Solo respiró.

Y yo me dejé abrazar. Por última vez.

En la oscuridad, mientras el mundo dormía y nosotros fingíamos no saber, pensé en lo que vendría. En Boston. En la estación. En la mañana en que me iría sin decir adiós.

Pero no esa noche. Esa noche era solo nuestra. Una noche prestada al pasado. Una tregua de la que no hablaríamos después.

Solo la viviríamos. Como se vive lo irrepetible.

Me desperté con el primer resplandor del día filtrándose por el ventanal. La nieve seguía cayendo, casi inmóvil, como si todo el mundo hubiera decidido quedarse quieto solo por unas horas más.

Günter estaba detrás de mí, aún dormido. Su brazo me rodeaba la cintura con una firmeza suave, como si me abrazara incluso en sueños. Su cuerpo estaba pegado al mío, su respiración tibia contra mi nuca.

No me moví. No quise romper ese instante. Me dejé estar, inmóvil, como si aún pudiera proteger ese refugio que habíamos construido durante la noche.

Entonces lo sentí despertar. Fue sutil: un cambio en el ritmo de su respiración, un movimiento leve de su mano, el murmullo apenas audible de su voz contra mi piel.

—Buenos días… —susurró, y su voz sonó rasposa, grave, casi vulnerable.

Me besó el hombro, luego la clavícula, con una ternura que dolía. Me apretó contra él, sin fuerza, pero con intención. Como si no quisiera soltarme. Como si no pudiera.

—¿Dormiste bien? —preguntó, rozando mis dedos con los suyos.

Asentí, sin hablar. Mi voz aún no estaba lista. Mi cuerpo sí. Pero no mi voz.

Me giré lentamente hacia él. Su mirada estaba despierta, atenta. Y también… diferente.

Me acarició el rostro con la yema de los dedos, tan despacio como si temiera borrar algo si tocaba demasiado fuerte.

—Lo de anoche… —empezó a decir, pero dudó un segundo—. ¿Estás bien?

No supe qué responder al principio. Solo lo miré. Esperé.

—¿Te gustó? —añadió, y esta vez bajó un poco la mirada, como si le costara preguntar algo tan simple—. ¿Te sentiste bien?

Había algo nuevo en su voz. No era inseguridad. Era… cuidado.

Una delicadeza que nunca antes le había escuchado. Ni siquiera la primera vez.

—Sí —dije por fin—. Me sentí bien.

Él soltó el aire, como si hubiese estado conteniéndolo desde antes de que yo despertara.

—No me lo preguntaste la primera vez —murmuré, sin acusarlo, solo nombrando un recuerdo.

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