Entrar Via

La esposa invisible romance Capítulo 29

El coche se detuvo frente al edificio con suavidad, como si también supiera que no era momento de romper el encanto.

Cassian bajó primero y me abrió la puerta, otra vez con esa cortesía suya que no era un acto, sino una forma de ser. No había apuro. Ni palabras de más. Solo el eco suave de un almuerzo que había dicho más de lo que parecía.

Caminamos hasta la entrada. Él no dijo nada hasta que estuvimos frente a la puerta del apartamento. Entonces, se detuvo. Con las manos en los bolsillos. Con esa media sonrisa que usaba cuando estaba a punto de decir algo importante… sin dramatismo.

—Entonces —dijo—, ¿qué dices?

—¿Qué? —pregunté, frunciendo el ceño, confundida pero divertida.

—Al final del almuerzo. Dijimos que decidirías si había sido una cita.

Me quedé quieta. Lo miré. Y algo dentro de mí —ese algo que llevaba semanas despertando— sonrió antes que mis labios.

—Digo que tú.

Él parpadeó, sorprendido.

—¿Yo?

Asentí, bajando un poco la mirada, pero sin perder la sonrisa.

—Tú lo hiciste una cita.

Cassian no respondió de inmediato. Solo me miró, con los ojos brillantes. No de emoción. De algo más profundo. De gratitud. De esa que nace cuando alguien elige quedarse… y ser elegido de vuelta.

Yo di un paso hacia él.

—Gracias por hoy —dije, en voz baja.

Y, sin pensarlo demasiado, me acerqué y le di un beso en la mejilla.

Su piel estaba tibia por el frío de fuera y el calor del restaurante aún latente.

Fue un beso suave, breve. Pero real. Tan real que el aire pareció detenerse entre los dos.

Cassian cerró los ojos un segundo, como quien quiere guardar ese momento en una caja invisible.

—Nos vemos para cenar—susurré.

—Nos vemos en unas horas—respondió él, apenas.

Entré al apartamento sin mirar atrás, pero con el corazón latiendo más rápido que nunca.

Y supe que, aunque no lo había dicho con palabras, esa sí había sido mi segunda cita. Y, con él, no me daba miedo que fuera la segunda de muchas.

Cuando entré al apartamento, el reloj apenas marcaba las tres y media. El sol aún iluminaba parte del salón. Todo estaba como lo había dejado, salvo por algo en mí que ya no era igual.

Me quité el abrigo despacio. Dejé los zapatos junto a la puerta y, sin pensarlo, me miré en el espejo del pasillo. Sonreía. No por inercia. Por algo que me quedaba entre el pecho y la garganta. Un calor nuevo.

Y no, no era el almuerzo. Era él. Su forma de mirarme. Su forma de preguntarme sin empujar. Su forma de cuidarme sin encadenarme.

Me preparé un té. Me senté a leer. Puse algo de música baja. Me sentí tranquila, sentí que no estaba esperando nada. Solo disfrutando del ahora.

A eso de las siete y media, escuché el clic de la cerradura.

Cassian entró con su abrigo desabrochado, el pelo algo revuelto, y una expresión de cansancio suave, como quien ha tenido un día largo, pero no amargo.

Me miró desde la entrada con una sonrisa torcida, casi cómplice.

—Hola, cariño. Ya llegué.

Me reí. No por burla. Por ternura. Porque esa frase, dicha por él, no era actuación. No era una costumbre vacía. Era… deseo. Realidad. Rutina con corazón.

Y entonces vi lo que traía en la mano: rosas.

No un ramo enorme de floristería pretenciosa. No un arreglo de escaparate. Un ramo pequeño, envuelto en papel kraft, con una cinta de tela burdeos. Rosas de jardín. De esas que huelen. De esas que se regalan cuando no se necesita impresionar, solo decir: pensé en ti.

Me levanté. Lo miré como si fuera otra versión de él, aunque seguía siendo el mismo.

—¿Y eso?

—Bueno —dijo, alzando el ramo—, es mi primer día de trabajo después de la revolución emocional. Pensé que una pareja ficticia amerita flores reales.

—¿Pareja ficticia?

—Tú no lo sabes, pero ya estamos casados en mi cabeza. Vivo aquí, desayuno contigo, te dejo notas, te busco para almorzar. Y ahora te traigo flores. Si esto no es una relación, no sé qué es.

Me acerqué, con la risa aún en los labios y el corazón acelerado sin pedir permiso.

—¿Entonces es eso? ¿Ya estamos en la etapa de los ramos?

—No lo sé —dijo, bajando la voz—. Pero me gusta cómo suena. Y me gusta más cómo se siente.

Le quité el ramo con cuidado, como si fuese algo sagrado. Lo olí.

Y por un instante, me vi. Vi mi reflejo en sus ojos. No la mujer que huyó. No la que dolía.

La que empezaba a florecer.

—Gracias —dije—. Por no apurarme. Por estar sin invadir.

Cassian se encogió de hombros, como quien no necesita medallas por hacer lo que cree justo.

—Tengo prisa en todo… menos en ti.

Me quedé en silencio. Y él también.

Después fue todo natural. Puse las rosas en agua.

Él se quitó el saco. Puso jazz bajito y empezó a sacar cosas para preparar la cena, como si esto fuera lo que habíamos hecho siempre.

Y tal vez, en algún rincón del tiempo, ya lo habíamos hecho. Solo que ahora, por fin, sabíamos que no era ficción.

Era casa. Era “hola, cariño”. Era flores entre papeles de trabajo.

Era nosotros, sin nombre todavía, pero con todo lo demás empezando a construirse.

La cena fue rápida pero compartida.

Pasta con verduras, pan tostado y risas entre utensilios mal coordinados.

Cassian había llegado con flores, rosas, pequeñas, reales y con un “hola, cariño” que me había hecho reír y temblar al mismo tiempo.

Estaba claro que la tarde había cambiado algo. No solo por las palabras.

Por la forma. Por el silencio entre nosotros que ya no era incómodo, sino íntimo.

Terminamos de cenar. Lavamos los platos sin hablar demasiado. Y cuando nos sentamos de nuevo en el sofá, noté que él empezaba a recoger su manta.

—¿Te vas a dormir ya? —pregunté.

—Sí, el sofá me llama. Tiene celos de que te preste tanta atención.

Sonreí, pero no me moví. Lo observé mientras doblaba la manta con esa eficiencia suya que parecía esconder nervios.

Entonces lo dije.

—Cassian.

Se giró, aún con la manta en los brazos.

—¿Sí?

—Si quieres… puedes dormir en la cama esta noche.

Él parpadeó. No por sorpresa. Por cuidado.

—¿Estás segura?

Asentí despacio.

—No es por otra cosa. Es solo… no quiero dormir sola hoy. No por miedo. Sino porque esta noche… no quiero cerrar una puerta entre tú y yo.

Cassian dejó la manta en el sofá.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible